La meditación cristiana es una reflexión orante que se inicia principalmente en la Palabra de Dios, tal como se encuentra en la Biblia1. Implica la movilización de las facultades humanas —pensamiento, imaginación, emoción y deseo— con el fin de profundizar las convicciones de fe, impulsar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad para seguir a Cristo2. Es un paso inicial hacia una unión de amor con el Señor1.
Distinción de otras formas de Meditación
Si bien la meditación es una dimensión humana necesaria presente en casi todas las religiones y entre personas sin una visión religiosa de la vida, la meditación en un contexto cristiano adquiere una singularidad distintiva4. No se aspira a la auto-transparencia plena ni a la búsqueda del centro más profundo del ego, sino a un encuentro con el Otro, con mayúscula: el encuentro trascendente con Dios4. La puerta principal a través de la cual pasa la oración de un bautizado es Jesucristo, y la práctica de la meditación cristiana sigue este camino4. Los beneficios como la paz interior, el auto-dominio o la claridad sobre el camino a seguir son efectos secundarios de la gracia de la oración cristiana, cuyo fin último es el encuentro con Jesús4.
El papel del Espíritu Santo
La meditación cristiana no es posible sin la guía del Espíritu Santo4. Él es quien conduce al encuentro con Jesús, enseñando y explicando las verdades divinas4.
