La práctica de dedicar iglesias cristianas tiene raíces en la tradición judía, como se ve en la dedicación del Templo de Salomón (1 Re 8), el de Zorobabel (Esd 6,13-18) y especialmente el de Judas Macabeo en 164 a. C. tras su purificación (1 Mac 4,36-61), fiesta que Jesús mismo celebró (Jn 10,22). Los primeros cristianos, inicialmente sin templos fijos, celebraban la Eucaristía en casas o mesas ordinarias, pero desde el siglo III emergen edificios específicos en Roma.4,1
Con la libertad concedida por Constantino en 313, se inicia una era de construcciones basilicales. La dedicación de estas se realizaba inicialmente con la Misa en el altar, depósito de reliquias y purificaciones para antiguos templos paganos. El rito se complejiza desde el siglo VIII en el Pontificale Romanum. La conmemoración anual de las dedicaciones es tan antigua como las dedicaciones mismas, con octavas en algunos casos, influyendo en fiestas como la de San Miguel (29 septiembre) o San Pedro en Cadenas (1 agosto).1
La fiesta conjunta de las basílicas de San Pedro y San Pablo se fija el 18 de noviembre, vinculada a la dedicación original de San Pedro en 1626 por Urbano VIII, que coincidió con la fecha primitiva, y a la reconstrucción de San Pablo en 1854 por Pío IX, cuya conmemoración anual se asigna aquí.1,3

