Cristo, único Rey en sentido pleno
La doctrina católica mantiene una distinción esencial: solo Jesucristo es Rey en sentido propio y absoluto, porque es el Hijo eterno de Dios hecho hombre. Su realeza pertenece a su identidad divina y alcanza su manifestación culminante en el misterio pascual.
María recibe su dignidad regia de Cristo y no al margen de Él. Pío XII enseña que la Virgen participa de la dignidad real de su Hijo de un modo limitado y análogo, es decir, semejante en cierto aspecto, pero infinitamente inferior y dependiente.
Por tanto, la Iglesia no coloca a María frente a Cristo ni junto a Él como una autoridad rival. La presenta con Cristo, por Cristo y subordinada a Cristo. Toda prerrogativa mariana encuentra su origen, su medida y su finalidad en la misión salvadora del Señor.
La realeza derivada de la maternidad divina
La primera raíz de la realeza de María es su maternidad divina. María es Madre de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. La dignidad de esta maternidad supera cualquier otro privilegio concedido a una criatura.
Pío XII explica que los primeros cristianos, al contemplar la relación singular entre una madre y su hijo, reconocieron la dignidad regia de la Madre de Dios. El Hijo de María es el Rey anunciado por las Escrituras, el Príncipe de la paz y el Rey de reyes; por ello, la maternidad divina confiere a María una relación única con la realeza de Cristo.
Esta relación no equivale a una realeza política ni a una autoridad temporal. María no recibe un reino independiente, ni gobierna como los monarcas de la historia. Su dignidad nace de su unión con el Rey mesiánico y permanece completamente orientada hacia Él.
La cooperación con la obra de la Redención
La realeza de María también guarda relación con su cooperación singular en la obra de la salvación. Desde la Anunciación, María acogió libremente el designio de Dios y entregó su consentimiento para convertirse en la Madre del Salvador. Su presencia junto a la cruz la unió de manera excepcional al sacrificio de Cristo, aunque la Redención pertenece exclusivamente a Jesucristo como único Mediador y Salvador.
Ad Caeli Reginam presenta a María como asociada a su Hijo en la lucha contra el pecado y en la victoria sobre sus enemigos. Esta asociación no coloca a María al mismo nivel que Cristo, sino que manifiesta la participación subordinada de la Madre en la misión del Hijo.
La Iglesia contempla así una continuidad entre la humildad de la esclava del Señor y la gloria de la Reina. María reina porque primero obedeció; participa de la victoria porque permaneció unida a Cristo en la fe, en el sufrimiento y en la esperanza.
La exaltación después de la Asunción
La Asunción proporciona el marco inmediato de la memoria litúrgica. María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial y, después de esta glorificación, el Señor la exaltó como Reina sobre todas las cosas para conformarla más plenamente a su Hijo. El Concilio Vaticano II expresó esta enseñanza en Lumen gentium, cuya doctrina recoge Benedicto XVI al explicar el sentido de la celebración.
Conviene distinguir dos aspectos relacionados, pero no idénticos:
- La maternidad divina fundamenta la dignidad regia de María desde su relación única con el Hijo encarnado.
- La Asunción y la glorificación celestial manifiestan y llevan a su plenitud esa dignidad en el estado glorioso de María.
La realeza no comienza únicamente después de la Asunción, pues hunde sus raíces en la maternidad divina y en la unión de María con Cristo durante su vida terrena. Sin embargo, la glorificación celestial confirma públicamente esa dignidad y permite contemplar a María reinando con su Hijo en la plenitud de la vida eterna.