La devoción a María como Reina tiene raíces antiguas en la tradición cristiana, remontándose a los primeros siglos. Desde los Padres de la Iglesia, como San Efrén el Sirio, se vincula su realeza a su maternidad divina: María es Madre del Señor, Rey de reyes, y por ello comparte su gloria celestial.1 Esta idea se desarrolló en la liturgia y la piedad popular, con invocaciones como las de la Letanía Lauretana, donde se la aclama Reina de ángeles, patriarcas, profetas, apóstoles, mártires, confesores, vírgenes, santos y familias.1
En la Edad Media, la coronación de imágenes marianas se convirtió en un símbolo de esta realeza, extendiéndose por Europa y América. Ejemplos notables incluyen la coronación de Nuestra Señora de Guadalupe en México o Nuestra Señora del Rosario de Agua Santa en Ecuador, donde el pueblo proclamó a María como Reina de las misiones.2,3 Estas prácticas populares prepararon el terreno para la definición dogmática y litúrgica.

