La devoción a Nuestra Señora de los Dolores se fundamenta en pasajes bíblicos clave que revelan el destino doloroso de María. En el Evangelio de Lucas, durante la Presentación de Jesús en el Templo, el anciano Simeón profetiza: «una espada atravesará tu alma», aludiendo a los futuros padecimientos de la Madre.4 Este anuncio marca el inicio de una vida bajo el signo del sufrimiento, asociada al plan salvífico de Dios.1
Teológicamente, María es presentada como la «mujer de los dolores», socia en la pasión de Cristo, el «hombre de los dolores» (Is 53,3). Su unión con el Hijo no es pasiva: participa activamente en la redención, ofreciendo su dolor en comunión con el sacrificio de la cruz.1,5 La Congregación para el Culto Divino enfatiza que esta memoria resalta la asociación de María con Cristo en la reconciliación de todas las cosas mediante la cruz (Col 1,20). Así, los dolores de María reflejan el rechazo de su Hijo por el mundo y prefiguran el camino de la Iglesia en su peregrinación de fe y sorrow.5
Esta fiesta complementa otras como la Compassio Domini (viernes de la Pasión), centrada en el Calvario, extendiendo la mirada a toda la vida de María.2
