Las apariciones de Nuestra Señora de Lourdes ocurrieron entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858, cuando la Virgen se manifestó en dieciocho ocasiones a Bernadette Soubirous, una humilde niña de catorce años de una familia pobre.3 La primera visión tuvo lugar en la gruta de Massabielle, junto al río Gave, donde Bernadette vio a una «Bella Señora» de incomparable belleza, vestida de blanco con un rosario en las manos.3
Durante estas apariciones, la Virgen no solo se presentó como la «Inmaculada Concepción» —cuatro años después de la proclamación dogmática por el beato Pío IX en 1854—, sino que transmitió mensajes profundos. El 25 de marzo, en la tercera aparición anunciada, se identificó con estas palabras: «Que soy yo la Inmaculada Concepción». Este título confirmó la verdad de fe recientemente definida y atrajo la atención eclesial.1,4,3
Inicialmente, las autoridades civiles y eclesiásticas mostraron escepticismo, pero en 1862 el obispo de Tarbes, monseñor Laurence, declaró que los fieles estaban «justificados en creer en la realidad de la aparición».3 Obstáculos humanos no impidieron su difusión, como señaló Pío IX, quien fortaleció la devoción coronando la estatua de la Virgen y concediendo indulgencias.5
Contexto histórico y aprobación eclesiástica
Las apariciones se produjeron en un periodo de tensiones anticlericales en Francia, pero su autenticidad se evidenció por los signos: la fuente milagrosa que brotó en la gruta por indicación de la Virgen, las curaciones y la vida santa de Bernadette, quien entró en la vida religiosa y falleció en 1879.3 Santa Bernadette fue canonizada en 1933 por Pío XI.

