La devoción a Nuestra Señora del Carmen tiene sus raíces en el Monte Carmelo, en la Tierra Santa, lugar bíblico asociado a la profecía de Elías, precursor de la vida contemplativa cristiana. Los eremitas del Carmelo, desde el siglo XII, se reunieron en torno a una capilla dedicada a la Virgen María, adoptándola como patrona de su naciente orden religiosa. Esta advocación evoca el «monte de Dios» como símbolo de encuentro con el Señor, tal como se refleja en la oración de la Misa: «en su camino hacia la montaña de Dios, Cristo el Señor».1
En el siglo XIII, la tradición relata que la Virgen María se apareció al prior general carmelita Simón Stock en Cambridge (Inglaterra), el 16 de julio de 1251, entregándole el escapulario marrón con la promesa: «Recibe este escapulario como señal de mi confraternidad. Quien lo lleve, no sufrirá el fuego eterno». Esta visión, aprobada por la Iglesia, impulsó la difusión de la devoción en Europa, especialmente tras la bula Sabbatina de Juan XXII (1322), que concedió indulgencias asociadas al escapulario.2
La Orden del Carmen, reformada por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, fomentó esta piedad mariana, modelando la vida religiosa en el ejemplo de María, que «abrió su corazón a la Palabra de Dios y obedeció su voluntad».1

