Orígenes y establecimiento litúrgico
La devoción al Rosario se remonta a tradiciones antiguas, asociadas legendariamente a San Domingo de Guzmán, quien lo habría recibido de la Virgen para combatir herejías como la albigense.2,4 Sin embargo, su estructura actual se consolidó en la Edad Media, con el uso de cuentas para contar oraciones, adaptando el Salterio de David a las Ave Marías.2
La fiesta específica de Nuestra Señora del Rosario surgió tras la Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), cuando la Liga Santa, liderada por Juan de Austria, derrotó a la flota otomana. El papa San Pío V, quien había impulsado procesiones rosariantes en Roma, atribuyó la victoria a María y estableció una conmemoración anual el primer domingo de octubre, inicialmente como Nuestra Señora de la Victoria.5,2,3 En 1573, Gregorio XIII la renombró fiesta del Rosario, extendiéndola a iglesias con altares dedicados.2,3 Clemente XI, tras la victoria de Príncipe Eugenio en Peterwardein (1716), la universalizó, y León XIII la elevó a doble de segunda clase, añadiendo a la Letanía Lauretana el título «Reina del Santísimo Rosario».6,3
En el calendario reformado por Pablo VI (1969), se fija el 7 de octubre, manteniéndola como memoria obligatoria en el tiempo ordinario, destacando su arraigo eclesial junto a otras como Nuestra Señora de Lourdes.7,8
La Batalla de Lepanto y su vínculo con el Rosario
El 7 de octubre de 1571, en el Golfo de Lepanto, 20.000 soldados cristianos vencieron a una flota turca superior, preservando la cristiandad europea. Mientras la batalla se libraba, en Roma las confraternidades del Rosario procesionaban, y Pío V, en oración constante, recibió revelación de la victoria.5,2,6,3 Esta se interpreta como respuesta a la «armada de oración» dominica bajo el estandarte de María, Auxilium Christianorum.9,6 Eventos posteriores, como Corfú y Temesvar, reforzaron esta tradición.6
