La Iglesia emplea la palabra corazón en sentido bíblico y teológico. No designa únicamente el órgano físico, sino también el centro profundo de la persona: su conciencia, sus afectos, sus decisiones, su memoria y su relación con Dios. En María, el corazón representa una interioridad plenamente abierta a la gracia y enteramente orientada hacia el Señor.
La liturgia presenta a María como la mujer que acogió la palabra divina y la conservó meditándola en su corazón. Su respuesta al anuncio del ángel -«Hágase en mí según tu palabra»- expresa una obediencia confiada y completa. El corazón de María aparece así como morada del Espíritu Santo y como ejemplo de una vida unificada por la fe.2
La expresión Inmaculado Corazón alude a la santidad singular de la Madre de Dios. Bajo este símbolo, la Iglesia honra especialmente:
- Su amor ardiente a Dios.
- Su amor virginal y maternal a Jesucristo.
- Su adhesión constante a la misión salvadora de su Hijo.
- Su compasión hacia la humanidad redimida.
- Su pureza interior y su docilidad al Espíritu Santo.
El corazón de María no constituye una devoción independiente de Cristo. Toda su grandeza procede de su relación con el Hijo y conduce hacia Él. La devoción mariana auténtica contempla a María como discípula perfecta, Madre del Salvador y criatura plenamente transformada por la gracia.




