El nombre de Jesús, que significa «Yahvé salva», encapsula la esencia de la misión redentora de Cristo. Según la enseñanza católica, este nombre no es mero sonido, sino que porta la presencia divina, uniendo a Dios y al hombre en la encarnación. El Catecismo de la Iglesia Católica explica que el nombre de Jesús es el único que contiene todo: Dios y hombre, creación y salvación, permitiendo invocar al Resucitado que se entrega por amor.1,2
San Alfonso María de Liguori, en sus escritos, compara el nombre de Jesús con el aceite derramado (Cant 1,3), que ilumina la mente, nutre el corazón y cura el alma. Es luz que disipa la idolatría, alimento que consuela en las tribulaciones y medicina contra las tentaciones, recordando los padecimientos de Cristo por la humanidad.4,5
Teológicamente, la devoción al Santísimo Nombre se vincula a la adoración de la humanidad de Cristo, extendida legítimamente por los fieles, como afirma el magisterio contra errores históricos.6 En la oración del Padre Nuestro, Jesús revela el nombre del Padre, culminando en la exaltación: «Jesucristo es Señor» (Flp 2,9-11).7
Esta memoria evoca la promesa evangélica: «No hay salvación en ningún otro nombre» (Hch 4,12), invitando a la confianza en su poder para obtener gracias temporales y eternas.1
