El nombre Jesús procede del hebreo Yehosúa-en su forma abreviada, Yeshúa- y significa «el Señor salva» o «Dios salva». En el judaísmo antiguo, los nombres teofóricos incorporaban con frecuencia una referencia a Dios y podían expresar una vocación o una esperanza religiosa. El nombre de Jesús adquiere su sentido pleno en la persona del Salvador, porque en él Dios realiza definitivamente la salvación de la humanidad.3
El Evangelio relaciona expresamente el nombre con la misión de Cristo. El ángel ordena a san José:
«Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Esta imposición del nombre no procede de una decisión humana, sino de la voluntad divina manifestada mediante el anuncio del ángel. El nombre identifica a Jesús como el Mesías que libera del pecado y reconcilia al género humano con Dios.1
La fe católica no atribuye un poder mágico a las letras o a los sonidos que forman el nombre. La veneración se dirige a Jesucristo mismo, a quien el nombre designa. Honrar el nombre de Jesús equivale a reconocer con gratitud la persona, la obra salvadora, la pasión, la muerte y la resurrección del Redentor.4
