La devoción al Santo Nombre de María tiene raíces en la profunda piedad mariana de la tradición católica, aunque su celebración litúrgica formal se remonta al año 1513, cuando fue instituida en la diócesis de Cuenca, en España. Se asignó inicialmente al 15 de septiembre, octave del Nacimiento de María, con un oficio propio. Este origen local reflejaba el deseo de los fieles de encomendarse especialmente a la intercesión de la Virgen, reconociendo en su nombre un canal de gracias divinas.1
Tras la reforma del Breviario por San Pío V, el papa Sixto V trasladó la fiesta al 17 de septiembre mediante decreto del 16 de enero de 1587. En 1622, Gregorio XV la extendió a la archidiócesis de Toledo. A pesar de algunas reticencias iniciales de la Congregación de Ritos tras 1625, la celebración ganó terreno: los Trinitarios españoles la observaban el 15 de noviembre en 1640, y en 1658 se concedió al Oratorio del cardenal Berulle con el título de Solemnitas Gloriosae Virginis.1
