La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, que consiste en hacer presente y ofrecer sacramentalmente su sacrificio único en la liturgia de la Iglesia. En todas las Plegarias Eucarísticas, después de las palabras de institución, se encuentra una oración llamada anámnesis o memorial. Este acto memorial es esencial para la celebración católica, ya que recuerda y repite el precepto de Cristo, haciéndolo perenne a lo largo de la historia.
Presencia Real y Sacrificio Único
El memorial eucarístico implica la presencia real de Jesús en la envoltura sacramental. No se trata de una mera representación simbólica, sino que la Eucaristía actualiza el misterio de gracia sellado cuando Cristo ofreció la reconciliación en la cruz, ya prefigurada en la Última Cena. Cristo quiso hacerse presente a lo largo del tiempo entre nosotros en el estado simultáneo de sacerdote y víctima, sustituyendo su presencia histórica y sensible por la presencia sacramental, no menos real.
El sacrificio de Cristo en la cruz fue un evento único, realizado «una vez para siempre» (ephapax) (Hebreos 7,27; 9,12.26; 10,12). Sin embargo, a través del memorial eucarístico, este sacrificio extiende su presencia salvífica en el tiempo y el espacio de la historia humana. La Eucaristía es, por tanto, el memorial de la muerte de Cristo, pero también la presencia de su sacrificio y la anticipación de su venida gloriosa. Es el sacramento de la continua cercanía salvífica del Señor resucitado en la historia.
La Anámnesis en la Liturgia
La liturgia enseña que la finalidad del misterio eucarístico es la anámnesis, que significa reminiscencia o remembranza. Esta se ubica ritualmente inmediatamente después de la consagración del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, en conexión y como un desarrollo de las palabras del Señor: «Haced esto en memoria de mí». En este punto, la liturgia de la Misa enlaza nuestra historia con el Evangelio a través de las palabras «Unde et memores...» («Por eso, al recordar...»).