El surgimiento en el siglo XIII
El fenómeno de los mendicantes emergió en la Europa medieval, particularmente en la segunda mitad del siglo XII y principios del XIII, en un contexto de transformaciones sociales y eclesiales profundas. La Iglesia enfrentaba herejías como el catarismo y el valdense, que criticaban la posesión de bienes por parte del clero y promovían una pobreza extrema entre los laicos. Además, el crecimiento de las ciudades y el comercio generaba desigualdades que demandaban una presencia pastoral más dinámica, alejada de los monasterios rurales tradicionales.1 San Francisco de Asís fundó la Orden de los Frailes Menores en 1209, inspirado en una vida de imitación literal del Cristo pobre, mientras que San Domingo de Guzmán estableció la Orden de los Predicadores en 1216 para combatir las herejías mediante la predicación culta y la pobreza compartida.2 Estas iniciativas respondían a un llamado divino para renovar la Iglesia, uniendo la contemplación con la acción apostólica, y fueron aprobadas por bulas papales como la de Honorio III.3
El Concilio de Letrán IV en 1215 había prohibido la creación de nuevas órdenes religiosas, pero el papa Honorio III hizo excepciones para estas comunidades emergentes, reconociendo su utilidad para la Iglesia universal.4 Pronto, otras congregaciones se unieron, como los Carmelitas y los Agustinos, que adoptaron el modelo mendicante. El Segundo Concilio de Lyon en 1274 reconoció formalmente cuatro grandes órdenes: los Predicadores, los Menores, los Carmelitas y los Eremitas de San Agustín, consolidando su estatus jurídico.1
El papel de la pobreza y la caridad
La pobreza mendicante no era mera renuncia material, sino un signo profético de libertad interior y solidaridad con los pobres, inspirado en el Evangelio (Mt 8, 20). A diferencia de los monjes, que poseían bienes en común, los mendicantes renunciaban incluso a la propiedad colectiva, confiando en la providencia y las limosnas de los fieles.1 Esta elección respondía a críticas contra la acumulación de riquezas eclesiales y buscaba restaurar la credibilidad de la Iglesia ante sectas disidentes.2 La caridad se convertía en el eje de su misión: fundaban hospitales, escuelas y refugios, practicando una evangelización encarnada en la ayuda concreta.5 Figuras como San Francisco veían en los leprosos y marginados la imagen de Cristo, fomentando una fraternidad universal que trascendía clases sociales.5
Esta espiritualidad de la pobreza activa generó tensiones iniciales con el clero secular y las universidades, que veían amenazados sus ingresos y privilegios, pero el papa Alejandro IV condenó errores contra los mendicantes, como los de Guillermo de San Amour, afirmando su estado salutífero.6
