La mentira es inherentemente mala porque pervierte el propósito del lenguaje, que es comunicar la verdad conocida a los demás2. San Agustín, cuya definición es citada en el Catecismo, establece que la mentira es «decir una falsedad con la intención de engañar»3,1. El Catecismo añade que mentir es «hablar o actuar contra la verdad para inducir a error a alguien»3.
La Intención de Engañar
Un elemento crucial en la definición de la mentira es la intención de engañar (la intentio fallendi)4,3,1. No basta con decir algo falso; debe haber una voluntad deliberada de inducir a error al prójimo2. Sin embargo, Santo Tomás de Aquino, siguiendo a San Agustín, señala que la esencia de la mentira reside en la voluntad de decir lo falso (voluntas falsi enuntiandi), independientemente de que se logre o no el engaño del interlocutor4,3. Para Santo Tomás, el propósito del habla es expresar los pensamientos del corazón; por lo tanto, hablar algo contrario a lo que uno piensa es siempre un pecado, incluso si se hace con una buena intención5.
La Verdad y la Justicia Comunicativa
La mentira atenta contra la virtud de la justicia, ya que el prójimo tiene derecho a la verdad6,2. En una comunidad comunicativa, existe un derecho a que las palabras sean expresiones de la verdad y un deber correspondiente por parte del hablante7. Cuando se abusa del lenguaje para decir lo falso, se daña esta justicia comunicativa, lo que hace que la mentira sea moralmente mala7.
