Origen y formación en Florencia
Miguel Ángel nació en Caprese, en la Toscana, el 6 de marzo de 1475, en el seno de una familia florentina de origen noble, aunque de recursos económicos limitados. Murió en Roma el 18 de febrero de 1564, a los ochenta y ocho años según el cómputo habitual de su edad, y no a los ochenta y nueve que aparece en algunas celebraciones conmemorativas.1,2
En 1488 ingresó como aprendiz en el taller del pintor Domenico Ghirlandaio. Allí adquirió una sólida formación en dibujo y en la técnica del fresco. La vivacidad de sus dibujos impresionó a su maestro, quien facilitó su acceso al ambiente artístico protegido por Lorenzo de Médici. Entre 1489 y 1492, Miguel Ángel frecuentó la escuela de escultura instalada en el palacio mediceo, dirigida por Bertoldo di Giovanni, discípulo de Donatello.1
La estancia en el palacio de los Médici puso al joven artista en contacto con escultores, poetas, filósofos y humanistas. El poeta Angelo Poliziano lo introdujo en el círculo de estudiosos de la Academia florentina. En aquellos años Miguel Ángel estudió con particular atención los frescos de la capilla Brancacci, una experiencia fundamental para su concepción del cuerpo humano, el movimiento y la narración pictórica.1
La formación de Miguel Ángel no procedió únicamente de los maestros contemporáneos. También estudió las obras de la Antigüedad clásica y las creaciones de los grandes artistas florentinos anteriores. Sin embargo, su admiración por los modelos antiguos nunca anuló su personalidad creadora: tomó de ellos recursos formales y proporciones, pero los transformó conforme a una visión propia, monumental y dramática.1
Estudios anatómicos y primeros viajes
Tras la muerte de Lorenzo de Médici, Miguel Ángel alternó la vida familiar con sus estudios en el convento de Santo Spirito, donde realizó investigaciones anatómicas. El conocimiento del cuerpo humano alcanzado mediante la observación y el dibujo se convertiría en uno de los rasgos esenciales de su pintura. Sus figuras poseen una estructura poderosa, una musculatura cuidadosamente articulada y una energía que supera la mera representación naturalista.
En 1494 abandonó Florencia y marchó a Bolonia. Regresó al año siguiente y reanudó su actividad como escultor. En 1496 viajó a Roma, donde su reputación ya había comenzado a extenderse. Permaneció allí hasta 1501, dedicado principalmente a la escultura.1
La experiencia romana resultó decisiva. El contacto con las ruinas antiguas y con la escultura clásica reforzó su interés por la monumentalidad, la anatomía y la dignidad heroica de la figura humana. Su actividad escultórica condicionó profundamente su pintura: Miguel Ángel concebía las figuras pintadas como cuerpos dotados de volumen, tensión y fuerza interior.
Florencia, Roma y los papas
De regreso en Florencia, Miguel Ángel trabajó en proyectos de pintura y escultura hasta 1505, cuando el papa Julio II lo llamó a Roma. A partir de entonces su carrera quedó estrechamente vinculada al servicio de la Santa Sede. También trabajó para los papas León X, Clemente VII y Pablo III.1
En 1534 abandonó definitivamente Florencia y se estableció en Roma, donde permaneció hasta su muerte. Pablo III lo nombró en 1535 pintor, escultor y arquitecto de los Palacios Apostólicos. En 1547, tras la muerte de Antonio da Sangallo el Joven, recibió además la responsabilidad de dirigir las obras de la basílica de San Pedro. A pesar de su avanzada edad, aceptó el encargo por obediencia y, según el testimonio transmitido por Pablo VI, «por amor de Dios y sin recompensa».2
Aunque el encargo de San Pedro pertenece principalmente a su actividad arquitectónica, ayuda a comprender la unidad de su pensamiento artístico. Para Miguel Ángel, pintura, escultura y arquitectura formaban parte de una misma búsqueda: liberar la forma de la materia y conducir la mirada hacia una realidad superior.



