San Vicente Ferrer vivió en una época turbulenta marcada por el Cisma de Occidente (1378-1417), durante el cual la Iglesia católica sufrió la división entre papas rivales en Roma y Aviñón. Nacido en Valencia en 1350, de familia noble, ingresó en la Orden de Predicadores (Dominicos) en 1367. Su ministerio apostólico, iniciado alrededor de 1399, lo llevó a recorrer Europa predicando la penitencia y anunciando la proximidad del fin de los tiempos, lo que atrajo multitudes y provocó numerosas conversiones, especialmente entre judíos y musulmanes.3,4
Ferrer era conocido por su austeridad extrema, su elocuencia y sus dones milagrosos, como profecías cumplidas —por ejemplo, durante una hambruna en Barcelona, predijo la llegada de barcos con trigo— y curaciones. Su predicación apocalíptica resonaba con las angustias de la época: plagas, guerras y el cisma eclesial. En este marco se sitúa el milagro de la resurrección, que refuerza su reputación como «ángel del Apocalipsis», tal como lo describe la bula de canonización.1,2
