A lo largo del tiempo, distintos autores han examinado la tilma, sus fibras, sus pigmentos, su conservación y sus características artísticas. Algunos defensores de una interpretación sobrenatural han presentado estos estudios como demostraciones de que la imagen no pudo producirse por medios humanos ordinarios.
Sin embargo, conviene distinguir cuidadosamente entre observación científica, hipótesis técnica y afirmación teológica. Una dificultad para explicar determinados rasgos de la imagen no demuestra automáticamente un milagro. Del mismo modo, una explicación natural de algún aspecto material tampoco refuta por sí sola el significado religioso que millones de creyentes encuentran en Guadalupe.
La teología católica afirma que el carácter milagroso de un hecho exige considerar su naturaleza y sus circunstancias, además de examinar con rigor los testimonios y las explicaciones posibles. La investigación de acontecimientos extraordinarios requiere una valoración especialmente cuidadosa por causa de su excepcionalidad.
Por esta razón, las afirmaciones populares sobre la ausencia absoluta de pintura, la existencia de imágenes en los ojos o la supuesta imposibilidad física de conservar el tejido durante siglos deben tratarse con prudencia. Cuando una interpretación científica carece de documentación verificable o presenta conclusiones más amplias que los datos disponibles, no conviene utilizarla como argumento decisivo de fe.
Riesgo de convertir la ciencia en una apologética frágil
La fe cristiana no necesita depender de afirmaciones técnicas exageradas. Presentar una hipótesis discutible como una prueba concluyente puede perjudicar la seriedad de la devoción guadalupana, porque una futura revisión científica podría confundirse injustamente con una refutación del acontecimiento religioso.
La Iglesia busca ante todo discernir la autenticidad espiritual de un fenómeno. Entre los criterios positivos figuran la credibilidad y honradez de los testigos, la ortodoxia del mensaje, el carácter no manipulado del fenómeno y los frutos cristianos: oración, conversiones, vocaciones, caridad, devoción sana y crecimiento de la comunión eclesial.