En el siglo XVI, México —entonces Nueva España— vivía una profunda transformación tras la conquista española liderada por Hernán Cortés en 1521. Los misioneros franciscanos, llegados en 1524, iniciaron la evangelización de los pueblos indígenas, muchos de los cuales habían sido bautizados recientemente. Juan Diego Cuauhtlatoatzin, nacido alrededor de 1474 en Cuauhtitlán, perteneciente a la etnia chichimeca, era un neófito casado con María Lucía, quien falleció en 1529. Tras su bautismo, Juan Diego vivía castamente y cumplía fielmente sus deberes cristianos, asistiendo regularmente a la Eucaristía y estudiando el catecismo.3
El cerro del Tepeyac, lugar de las apariciones, era un sitio sagrado para los aztecas, asociado a la diosa Tonantzin. La Virgen eligió este emplazamiento para manifestarse como la «perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios», facilitando así la inculturación del Evangelio entre los indígenas.2,3 Este contexto explica la rapidez con que el milagro de la tilma contribuyó a la conversión masiva: en pocos años, millones de indígenas abrazaron la fe católica, erigiendo el santuario solicitado por la Virgen.4
