El milagro de la Virgen de Guadalupe tuvo lugar en un contexto de profunda transformación cultural y religiosa en el valle de Anáhuac, actual México, poco después de la conquista española liderada por Hernán Cortés en 1521. La región, otrora centro del imperio azteca con su capital en Tenochtitlán, experimentaba una transición hacia el cristianismo, impulsada por misioneros franciscanos como Juan de Zumárraga, primer obispo de México.1 Los indígenas, marcados por el trauma de la conquista y sus prácticas politeístas, mostraban resistencia inicial a la nueva fe, aunque algunos, como Juan Diego —un humilde campesino de unos 57 años recientemente bautizado—, habían abrazado el bautismo.2
El cerro del Tepeyac, sitio de las apariciones, era un lugar sagrado prehispánico dedicado a la diosa madre Tonantzin, lo que añade un simbolismo de inculturación al evento: la Virgen eligió un espacio familiar para los nativos, presentándose con rasgos mestizos y vestidura que incorporaba elementos aztecas, facilitando así la transición espiritual.4,5 Historiadores como Bernal Díaz del Castillo mencionan ya en 1568 los «milagros diarios» en Guadalupe, confirmando la devoción temprana.2
