Las curaciones en Lourdes tienen su raíz en las 18 apariciones marianas ocurridas entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858, cuando la Virgen se presentó a la joven pastora Bernadette Soubirous, de 14 años, en la gruta de Massabielle, cerca de Lourdes, en los Pirineos franceses. La Virgen se identificó como la Inmaculada Concepción, solo cuatro años después de la definición dogmática de Pío IX en 1854, lo que Pío X describió como una confirmación sobrenatural mediante milagros.1
Desde el primer momento, las apariciones atrajeron a multitudes, y pronto se reportaron curaciones. La Virgen indicó a Bernadette que se bebiera del agua de una fuente que brotó milagrosamente en la gruta, aunque inicialmente era fangosa. Este manantial se convirtió en el foco de las peregrinaciones, pero las curaciones no dependen exclusivamente de su uso: muchas ocurren sin contacto directo con el agua.2
Pío XII resaltó en 1957 la conexión entre el dogma de la Inmaculada Concepción y los eventos de Lourdes, señalando cómo la Virgen dio «confirmación sobrenatural» mediante apariciones, conversaciones y milagros.3 En la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes (11 de febrero), Juan Pablo II en 1979 subrayó la cautela de la Iglesia al examinar estas curaciones, comparándolas con la reserva de Jesús ante los milagros evangélicos.4

