La tradición del Milagro de Nuestra Señora del Pilar se remonta a los primeros siglos del cristianismo en la península ibérica. Según la narración litúrgica recogida en el Breviario Romano, el apóstol Santiago, desanimado por la escasa acogida de su predicación en Hispania, se hallaba orando a orillas del Ebro cuando la Virgen María se le apareció acompañada de ángeles. Este evento ocurrió en el año 40, poco después de la Asunción de la Virgen, aunque aún en vida.1
La Virgen consoló a Santiago y le entregó una columna de jaspe con una imagen de sí misma de pequeño tamaño, ordenándole edificar un templo en su honor. Este prodigio revitalizó la misión evangelizadora del apóstol, quien construyó el primer santuario sobre el lugar de la aparición. La tradición afirma que la columna y la imagen son reliquias auténticas de ese momento fundacional, lo que convierte a Zaragoza en uno de los centros marianos más antiguos de la cristiandad.1,2
En el siglo XII, el testimonio escrito más antiguo conocido sobre la devoción a esta Virgen en Zaragoza proviene de Pedro Librana (1155), aunque evidencias arqueológicas, como tumbas cristianas romanas con representaciones de la Asunción de la Virgen, sugieren una veneración mucho más antigua.1

