San Antonio de Padua, nacido Fernando de Bulhões en Lisboa alrededor de 1195, ingresó en la Orden de los Frailes Menores tras conocer las reliquias de los primeros mártires franciscanos en Coimbra. Tras un breve periplo en Marruecos y Provenza, se estableció en Italia desde 1221, donde desarrolló su ministerio como predicador itinerante.2
En Italia, San Antonio combatió herejías como la de los cátaros y patarinos, que asolaban el norte y centro del país. Su oratoria, caracterizada por una voz potente, memoria prodigiosa y don de milagros, atrajo multitudes de hasta 30.000 personas en Padua durante la Cuaresma de 1231. Fue ministro provincial de Emilia, pero renunció para dedicarse a la predicación. Murió el 13 de junio de 1231 en las afueras de Padua, donde sus restos fueron trasladados en 1263 a la basílica erigida en su honor.1,2
Sus milagros, documentados en biografías contemporáneas como la Assidua, subrayan su rol como reformador moral contra la lujuria, avaricia y tiranía. El papa Gregorio IX lo llamó «Arca del Testamento» por su profunda comprensión de las Escrituras.1

