San Francisco de Asís (1181/1182-1226), nacido en Asís, Umbría, experimentó una conversión radical que lo llevó a abrazar la pobreza absoluta y a reparar iglesias en ruinas, como San Damiano, San Pedro y la Porciúncula.1 Su vida itinerante por Italia lo convirtió en un predicador itinerante que exhortaba al arrepentimiento, saludando a los encuentros con «El Señor te dé la paz». Dios le concedió desde temprano los dones de profecía y milagros, que se manifestaron en contextos cotidianos relacionados con su apostolado de mendicidad y servicio.1
Estos eventos ocurrieron en el siglo XIII, en un periodo de fervor espiritual en Italia central, donde Francisco reunió a sus primeros discípulos, como Bernardo de Quintavalle. Los milagros no solo confirmaban su santidad, sino que también atraían conversos, consolidando la Orden de los Frailes Menores.3,4

