San Jenaro fue un obispo martirizado en la región de Pozzuoli durante las persecuciones contra los cristianos atribuidas al emperador Diocleciano, probablemente a comienzos del siglo IV. La tradición litúrgica lo presenta junto con sus compañeros de martirio: los diáconos Sosio y Próculo, el lector Desiderio y los cristianos Eutiquio y Acucio.1
Los relatos medievales de su pasión contienen episodios hagiográficos difíciles de verificar históricamente. Los estudios históricos consideran tardías y poco fiables las diversas versiones de las actas del martirio. Sin embargo, la existencia de un obispo llamado Jenaro, su martirio en las proximidades de Nápoles y un culto antiguo en aquella región cuentan con apoyos históricos más sólidos. Una representación del siglo V muestra al santo con nimbo, y su nombre aparece en antiguos calendarios litúrgicos de Oriente y Occidente.2
La tradición sobre el traslado de sus restos describe varios desplazamientos: desde Pozzuoli a Benevento, después a la abadía de Montevergine y finalmente a Nápoles, donde los restos llegaron en 1497. La ciudad lo venera como su principal patrón.3
El culto a san Jenaro integra la memoria del martirio, la veneración de sus restos y la confianza de los napolitanos en su intercesión. La sangre conservada en una ampolla ocupa un lugar central dentro de esa devoción, pero la autenticidad material de la reliquia no puede confundirse automáticamente con la autenticidad histórica de todos los detalles transmitidos por la tradición.



