Origen y vocación de Catalina Labouré
Catalina Labouré, nacida como Zoé Labouré el 2 de mayo de 1806 en Fain-les-Moutiers (Côte-d’Or, Francia), provenía de una familia de agricultores. Quedó huérfana de madre a los nueve años y asumió responsabilidades domésticas desde temprana edad.1 A pesar de no recibir educación formal ni aprender a leer ni escribir, sintió una profunda llamada vocacional al ver una imagen de San Vicente de Paúl a los doce años. Tras superar la oposición inicial de su padre, ingresó como postulante en las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en Châtillon-sur-Seine en 1830, adoptando el nombre de Catalina. Poco después, fue enviada al noviciado de la Rue du Bac en París.2,1
Su vida religiosa se caracterizó por la humildad y el anonimato. Sus superioras la describían como «insignificante», «fría» y «apática», pero poseía una profunda vida interior. Llegó a París cuatro días antes de la traslación de las reliquias de San Vicente, evento que coincidió con el inicio de sus experiencias sobrenaturales.1
Contexto social y religioso en Francia
La Francia de 1830 vivía tensiones postrevolucionarias, con el reinado de Carlos X y brotes de cólera en París. El 18 de julio de ese año, día de la primera aparición, se juraba la Constitución uruguaya, un detalle que el Papa Pío XII relacionó simbólicamente con la gracia mariana.3 En este ambiente, las apariciones representaron un faro de esperanza, anticipando la definición dogmática de la Inmaculada Concepción (1854) por el beato Pío IX.
