Francisco antes de la experiencia de San Damián
Francisco nació en Asís a finales de 1181 o comienzos de 1182, en el seno de una familia acomodada dedicada al comercio textil. Durante su juventud llevó una vida propia de un joven de buena posición social y cultivó los ideales caballerescos de su época. Una campaña militar, el cautiverio y una enfermedad iniciaron un proceso gradual de transformación interior que le condujo a abandonar progresivamente su anterior estilo de vida.1,2
La experiencia ante el crucifijo de San Damián no constituyó, por tanto, un episodio aislado. Formó parte de un itinerario de conversión que incluyó también el encuentro con los leprosos y el descubrimiento de una nueva forma de relación con Cristo pobre y sufriente. La tradición franciscana presenta este proceso como una acción progresiva de la gracia: aquello que antes le resultaba amargo comenzó a convertirse en «dulzura de alma y de cuerpo», especialmente en el servicio a los leprosos.1,3
La iglesia de San Damián
La iglesia de San Damián era un pequeño templo situado fuera de las murallas de Asís y asociado posteriormente a santa Clara y a las primeras clarisas. Francisco acudía allí a orar ante una antigua imagen de Cristo crucificado. En ese lugar recibió el mandato que orientaría su vida y que la tradición franciscana considera el punto de partida inmediato de su misión.
La cronología tradicional sitúa el acontecimiento hacia 1205. La catequesis de Benedicto XVI relaciona el mensaje del crucifijo con la situación religiosa de la Iglesia de aquel tiempo: una fe superficial, un clero poco fervoroso, el enfriamiento de la caridad y las divisiones provocadas por diversos movimientos heréticos.1,2




