El animal que aterrorizaba la comarca
El relato tradicional describe un lobo enorme y feroz que merodeaba los alrededores de Gubbio. El animal atacaba los rebaños y también amenazaba a las personas que se aventuraban fuera de las murallas. El miedo llevó a los habitantes a evitar los caminos y a organizarse para defenderse del lobo.
La población consideraba al animal una amenaza que debía eliminarse. En aquel contexto, la reacción habitual ante una fiera peligrosa consistía en perseguirla y darle muerte. La intervención de Francisco introduce una lógica distinta: antes de recurrir a la destrucción, intenta comprender la causa de la violencia y buscar una solución justa.
La tradición franciscana resume esta actitud afirmando que Francisco pidió a los habitantes de Gubbio que alimentasen al lobo, porque el hambre había contribuido a que atacara sus rebaños.
El encuentro con el lobo
Francisco salió al encuentro del animal acompañado por algunos habitantes. El lobo apareció con actitud amenazadora y avanzó hacia él. El santo hizo la señal de la cruz y lo llamó «hermano lobo».
La fórmula no pretendía negar el peligro real del animal. Francisco no lo trató como una criatura inofensiva, sino como un ser sometido a Dios y vinculado al resto de la creación. El apelativo transformó el marco del encuentro: el lobo dejó de ser solo un enemigo y pasó a ser contemplado como una criatura que debía responder por sus actos, pero también recibir un trato conforme a la justicia y la misericordia.
Francisco reprochó al lobo los daños causados a los habitantes de Gubbio. Le recordó que había provocado miedo y sufrimiento, y le exigió que abandonara sus ataques. El animal, según el relato, inclinó la cabeza y mostró con sus gestos que aceptaba la intervención del santo.
El pacto de paz
Francisco propuso entonces un pacto entre el lobo y la ciudad. El animal no volvería a atacar a personas ni rebaños; a cambio, los habitantes de Gubbio se comprometían a proporcionarle alimento mientras viviera, de modo que el hambre no lo empujara de nuevo a la violencia.
El santo pidió al lobo una señal de aceptación. El animal levantó una pata y la colocó en la mano de Francisco. La escena constituye el centro dramático del relato: una fiera que antes sembraba terror entra en una relación de confianza con los seres humanos.
El pacto contiene dos obligaciones recíprocas:
- El lobo debía renunciar a la agresión.
- La comunidad debía asumir la responsabilidad de alimentarlo.
La paz, por tanto, no aparece como una simple declaración sentimental. Exige conversión, compromiso y cumplimiento. El agresor debe abandonar la violencia, mientras que la sociedad debe afrontar las condiciones que pueden favorecerla.
La reconciliación con los habitantes
Francisco regresó a Gubbio y comunicó a los ciudadanos el acuerdo alcanzado. Les pidió que aceptasen al lobo y cumplieran la promesa de alimentarlo. La comunidad aceptó el pacto, y el animal dejó de atacar a las personas y al ganado.
El relato concluye con la integración del lobo en la vida de la ciudad. La fiera ya no aparece como una amenaza permanente, sino como una criatura acogida bajo una norma de convivencia. La tradición añade que vivió durante un tiempo entre los habitantes de Gubbio y que murió finalmente de viejo.
La narración no presenta la paz como una victoria militar de la ciudad sobre el animal. Francisco no vence al lobo mediante armas, trampas o fuerza física. Su autoridad nace de la palabra, de la confianza y de la capacidad de suscitar obligaciones morales en ambas partes.