Las apariciones de Fátima se enmarcan en el Portugal de principios del siglo XX, un país marcado por tensiones políticas y anticlericales tras la implantación de la Primera República en 1910. En este entorno hostil hacia la Iglesia, donde se persiguían manifestaciones religiosas públicas, tres niños humildes —Lucía dos Santos (de 10 años), Francisco Marto (9 años) y Jacinta Marto (7 años)— afirmaron haber recibido visitas de la Virgen María entre mayo y octubre de 1917.
Estas apariciones comenzaron el 13 de mayo de 1917, cuando los niños pastoreaban ovejas en la Cova da Iria, un lugar rural cerca de la aldea de Fátima. La Virgen, presentándose como Nuestra Señora del Rosario, les transmitió mensajes centrados en la oración del rosario, la penitencia por los pecados y la devoción a su Inmaculado Corazón. Las manifestaciones se repitieron mensualmente el día 13, atrayendo progresivamente a multitudes de fieles pese a las prohibiciones gubernamentales y la incredulidad inicial de las autoridades locales.3
Los videntes y su entorno familiar
Francisco y Jacinta Marto, hermanos entre sí, y Lucía dos Santos pertenecían a familias campesinas devotas. Su vida sencilla y su coherencia en los testimonios —incluso bajo interrogatorios y amenazas— contribuyeron a la credibilidad de los hechos. Jacinta, en particular, mostró una profunda espiritualidad, recibiendo los sacramentos poco antes de su muerte en 1920 a causa de la gripe española.4 Lucía, la mayor, sería la única superviviente adulta y escribiría memorias detalladas que la Iglesia utilizó para discernir los eventos.

