Ámsterdam, capital y segunda ciudad residencial del Reino de los Países Bajos, se ubica en un semicírculo sobre el Ij (o Y), la parte suroccidental del antiguo Zuiderzee, a la desembocadura del río Amstel, y está conectada al Mar del Norte mediante el Canal del Mar del Norte, construido entre 1865 y 1879. Su origen se remonta al año 1204, cuando Gijsbrecht II, señor del Amstel, erigió una fortaleza en el lugar. Pronto surgió un importante asentamiento alrededor de ella, que en 1296 pasó a manos del conde de Holanda.1
En 1301, Ámsterdam fue elevada a la categoría de ciudad, experimentando un auge económico gracias a la llegada masiva de mercaderes provenientes de Brabante y Flandes. Este crecimiento no solo fue comercial, sino también espiritual: la vida de la Iglesia se desarrolló de manera notable. Al final del siglo XV, la ciudad albergaba más de veinte monasterios, de los cuales solo sobrevivió al embate de la Reforma el Beguinaje, un conjunto dedicado a las beguinas, mujeres consagradas a la oración y el trabajo.1
A finales del siglo XIX, la población de Ámsterdam alcanzaba los 510.853 habitantes (según estimaciones de 1899), con 120.701 católicos y 59.060 judíos; para 1906, el total ascendía a 548.000, con más de 122.000 católicos, lo que evidencia una presencia católica significativa pese a los cambios históricos.1
