La ciudad de Dijon, capital de la Borgoña, ha sido un centro de fervor cristiano desde los primeros siglos. En la época merovingia y carolingia, muchos obispos de Langres residían allí, como San Urbano (siglo V), San Gregorio y San Tetrico (siglo VI), sepultados en la ciudad. La abadía de San Esteban de Dijon, fundada en el siglo V, albergó un cabildo regular que seguía la Regla de San Agustín hasta el siglo XVII.2
En el contexto más amplio de la Edad Media, Europa fue testigo de numerosos milagros eucarísticos, que reforzaron la fe en la transustanciación y la Presencia Real. Estos prodigios, a menudo involucrando sangraciones de la Hostia o impresiones milagrosas, se produjeron en respuesta a profanaciones o dudas de fe. En Francia, tales eventos fomentaron santuarios dedicados al Santísimo Sacramento, atrayendo peregrinaciones que culminaron en iniciativas como las de Marie-Marthe-Baptistine Tamisier (1834-1910), quien organizó visitas a estos lugares y promovió los primeros congresos eucarísticos internacionales.3,1
