La abadía de Faverney, ubicada en el departamento de Haute-Saône, formaba parte de la rica tradición monástica benedictina en el este de Francia. Fundada en siglos anteriores, era un centro de vida espiritual y litúrgica en la región de Besançon, diócesis que albergaba numerosas comunidades religiosas con devoción al Santísimo Sacramento.2 En el siglo XVII, la Iglesia católica en Francia vivía un período de fervor eucarístico, impulsado por la Contrarreforma y la celebración solemne del Corpus Christi, instituida por el papa Urbano IV en 1264.
El 23 de mayo de 1608 coincidía con la octava de esta fiesta, durante la cual se realizaba una exposición perpetua del Santísimo. Los religiosos benedictinos custodiaban el ostensorio en el altar mayor, conteniendo dos Hostias consagradas para permitir la visión del crucifijo desde ambos lados. Este contexto de adoración intensa preparaba el escenario para el suceso prodigioso, que se inscribe en una larga serie de milagros eucarísticos reconocidos por la tradición católica, como los de Bolsena o Lanciano.1
