Rimini, antigua ciudad romana conocida como Ariminum, ha sido un centro de cristianismo en la península itálica desde los primeros siglos. Durante la Edad Media, especialmente en el siglo XIII, la región de Emilia-Romaña fue escenario de intensas controversias teológicas, con la presencia de herejías como la de los cátaros y patarinos, que cuestionaban doctrinas centrales de la fe católica, incluida la transustanciación eucarística.1 En este contexto, figuras como San Antonio de Padua (1195-1231), fraile franciscano y doctor de la Iglesia, recorrieron Italia predicando con celo apostólico para combatir el error doctrinal y reformar las costumbres.
San Antonio, oriundo de Lisboa pero radicado en Italia tras unirse a los franciscanos, era célebre por su elocuencia, memoria prodigiosa y dones milagrosos, que incluían profecías y curaciones. Su ministerio se centró en la defensa de la Eucaristía como fuente de unidad y caridad, en línea con la tradición tomista que vincula los milagros eucarísticos con la liquidez del amor divino, simbolizada en fenómenos como la licuefacción de sangre.2 Rimini, como enclave estratégico, fue testigo de su predicación contra herejías que negaban la Presencia Real, preparando el terreno para el milagro que confirmaría la verdad católica.
