Las tensiones entre Bizancio y Roma en el siglo XI
En el año 1053, las relaciones entre la Iglesia latina y la Iglesia bizantina alcanzaron un punto crítico bajo el patriarcado de Miguel Cérulario en Constantinopla. Este patriarca ordenó el cierre de las iglesias latinas en la capital bizantina y la expulsión de los monjes occidentales, justificando estas medidas con una crítica dogmática al uso del pan ázimo (sin levadura) en la Misa latina.1
La controversia se centraba en la forma del pan eucarístico: los latinos empleaban pan sin levadura, siguiendo la tradición judía del Pascua que Jesús instituyó en la Última Cena, mientras que los orientales preferían pan leudado, interpretándolo como símbolo de vida y espíritu.1 Miguel Cérulario y sus aliados, como Leo de Ocrida, metropolitan de los búlgaros, proclamaron que la oblación ázima de los «francos» no constituía una Misa válida, equiparándola a observancias judías obsoletas.1
El rol de Trani en la disputa
Trani, antigua sede episcopal en Apulia (actual Italia), se vio involucrada directamente cuando Leo de Ocrida dirigió una carta polémica al obispo Juan de Trani. Esta misiva, bajo órdenes imperiales, exigía que Juan tradujera el texto al latín y lo comunicara al papa y a los obispos occidentales.1,2 Apulia estaba entonces bajo influencia bizantina, lo que explica esta conexión.
El cardenal Humberto, un benedictino erudito presente en Trani, se encargó de la traducción. La carta bizantina argumentaba con una lógica particular: «El Señor tomó pan, etc., es decir, una cosa llena de vida, espíritu y calor», rechazando el pan ázimo como muerto y judío.1 Este documento, preservado en versiones latina y griega, marca el inicio de una «proclamación de guerra» doctrinal contra Roma.1
