Un milagro se define como una obra de Dios que va más allá del curso ordinario de la naturaleza1. No anula las leyes físicas, sino que las suspende momentáneamente, demostrando la omnipotencia de Dios que no está limitado por las leyes que Él mismo ha establecido1,2. La capacidad de Dios para obrar milagros es fundamental para la comprensión católica de Él como un Ser infinito, subsistente y omnipotente2.
Milagros y Razón
La relación entre fe y razón es crucial en la comprensión de los milagros. Los milagros no requieren una fe ciega, sino que, por el contrario, la Iglesia enseña que pueden ser conocidos por la razón3,4. El Concilio Vaticano I afirmó que Dios quiso que a la ayuda interior del Espíritu Santo se unieran pruebas externas de su revelación, como los milagros y las profecías, que manifiestan su omnipotencia y conocimiento infinito3,4. Estas pruebas externas están adaptadas a la inteligencia humana y buscan que la obediencia de la fe esté en armonía con la razón3.
La Iglesia invita a investigar las razones para creer, lo que incluye la evidencia de los milagros que autentican la fe4. La creencia en milagros no puede basarse únicamente en la autoridad de la Iglesia, ya que esa autoridad, a su vez, es autenticada por milagros4. El cristianismo se fundamenta en los milagros y signos que Jesús realizó, destacando fundamentalmente los milagros de la Encarnación y la Resurrección4.

