La tradición presenta los prodigios de Vicente Ferrer en relación con su predicación itinerante y su actividad pastoral. El papa Calixto III afirmó que la fama de sus virtudes y de los signos atribuidos a él había llegado a la Santa Sede a través de predicadores, autoridades eclesiásticas y civiles, y personas que lo habían conocido.1,2
La bula de canonización atribuye a Vicente curaciones realizadas durante su vida mediante la imposición de manos. También registra milagros asociados al contacto con sus reliquias o vestiduras y a la invocación de su intercesión. La enumeración pontificia incluye expulsiones de espíritus malignos, recuperación del oído y del habla, curaciones de ceguera y lepra, resurrecciones y alivio de diversas enfermedades.2


