La solemnidad de la Natividad del Señor posee cuatro formularios eucarísticos: la Misa de la vigilia, la Misa de medianoche, la Misa de la aurora y la Misa del día. La reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II añadió la Misa de la vigilia a la tradición anterior de las tres misas navideñas.
Cada misa contempla el mismo misterio desde un momento y una perspectiva teológica específicos.
Misa de la vigilia
La Misa de la vigilia abre litúrgicamente la solemnidad de Navidad. Su tono es el de la espera inmediata y la esperanza cumplida a punto de manifestarse.
Las oraciones y las lecturas miran hacia el futuro: hablan de la gloria que será revelada, de la redención esperada y de la llegada próxima del Salvador. La genealogía de Jesucristo según san Mateo vincula el nacimiento del Mesías con toda la historia de Israel y muestra que la Encarnación culmina las promesas hechas por Dios a su pueblo.
Su significado teológico puede resumirse en tres aspectos:
La vigilia conserva, por tanto, un carácter próximo al Adviento: todavía contempla la venida de Cristo como acontecimiento inminente.
Misa de medianoche
La Misa de medianoche, o Misa del gallo, proclama el nacimiento de Jesús en Belén. El Evangelio de san Lucas presenta a María y José, al Niño acostado en un pesebre y a los pastores que reciben el anuncio de los ángeles.
La primera lectura anuncia que el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz y atribuye al niño los títulos de Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno y Príncipe de la paz. El Evangelio, sin embargo, muestra a ese soberano en la pobreza de un recién nacido, sin lugar en la posada y recostado en un pesebre.
La liturgia presenta así el gran paradoja cristiana de la Navidad:
El Rey eterno manifiesta su gloria en la debilidad de un niño; el Señor de la historia entra en el mundo sin poder humano; la luz divina aparece en la oscuridad de la noche.
La Misa del gallo celebra especialmente:
- La Encarnación del Verbo.
- La verdadera humanidad de Jesucristo.
- La humildad del nacimiento en Belén.
- La llegada de la luz divina al mundo.
- La paz mesiánica inaugurada por Cristo.
- La alegría de los ángeles y de los pastores.
La medianoche posee además un significado espiritual. La Iglesia vela cuando el mundo duerme y proclama que la salvación no nace de la autosuficiencia humana, sino de la iniciativa gratuita de Dios.
Misa de la aurora
La Misa de la aurora contempla la primera manifestación del nacimiento de Cristo y la respuesta de los pastores. Los pastores acuden deprisa a Belén para comprobar el anuncio recibido y encuentran al Niño junto a María y José.
El ambiente litúrgico cambia respecto de la Misa de medianoche. La oscuridad empieza a ceder y la luz del día simboliza la irradiación de la salvación. Los pastores representan a los humildes que acogen el anuncio, se ponen en camino y transmiten después lo que han visto y oído.
Esta misa pone de relieve:
- La manifestación progresiva de Cristo.
- La acogida confiada de la palabra de Dios.
- La alegría sencilla de quienes encuentran al Salvador.
- La misión de comunicar el Evangelio.
La figura de María ocupa también un lugar destacado. Ella conserva los acontecimientos y los medita en su corazón, actitud que invita a contemplar la Navidad más allá de la emoción pasajera.
Misa del día
La Misa del día alcanza la cumbre doctrinal de la liturgia navideña mediante el prólogo del Evangelio según san Juan: el Verbo estaba junto a Dios, el Verbo era Dios y el Verbo se hizo carne.
Mientras la Misa de medianoche narra el nacimiento histórico en Belén, la Misa del día penetra en el misterio eterno de la identidad de Cristo. Jesús no es solo un niño admirable ni un mensajero de Dios: es el Hijo eterno, verdadero Dios y verdadero hombre.
La liturgia del día contempla a Cristo como:
- El Verbo eterno del Padre.
- La luz verdadera que ilumina a todo ser humano.
- El creador por quien fueron hechas todas las cosas.
- El Hijo que revela definitivamente al Padre.
- La plenitud de la gracia y de la verdad.
Las cuatro misas forman una progresión teológica: la vigilia espera, la medianoche contempla el nacimiento, la aurora recibe la manifestación y el día proclama la identidad eterna del nacido en Belén.