El concepto de ofrecer la Misa por una intención particular es anterior al término «Misa votiva» en sí1. Desde los primeros tiempos de las liturgias occidentales, se celebraban Misas con oraciones y lecturas específicas para diversas intenciones, independientemente del Oficio diario normal1. San Agustín, en su obra La Ciudad de Dios, menciona un milagro en el que Hesperio fue curado de un espíritu maligno mediante una Misa privada con oraciones especiales por su curación, lo que se considera un ejemplo temprano de Misa votiva1.
Los primeros sacramentarios, como el Leonino y el Gregoriano, contienen numerosas Misas que hoy se clasificarían como votivas. Estos incluían Misas para el natalicio de obispos, por sequías, contra los enemigos, para ordenaciones, para los que iban a ser bautizados, aniversarios de ordenaciones, religiosas, enfermos, matrimonios, reyes, viajeros y difuntos, entre otros1.
Durante la Edad Media, la Misa votiva se convirtió en una institución regular. Mientras que una Misa mayor oficial (capitular) se celebraba en correspondencia con el Oficio del día, un sacerdote que decía una Misa privada por una intención especial celebraba una Misa votiva acorde a esa intención1. De hecho, en un momento, se generalizó la práctica de que los sacerdotes celebraran una Misa votiva casi a diario. Juan Beleth, en el siglo XIII, describió una serie de Misas votivas que se decían cada día de la semana: el domingo, de la Santísima Trinidad; el lunes, por la caridad; el martes, por la sabiduría; el miércoles, del Espíritu Santo; el jueves, de los Ángeles; el viernes, de la Cruz; y el sábado, de la Santísima Virgen1.
Sin embargo, a medida que el año eclesiástico se desarrollaba, surgió la idea de que, al menos en las fiestas principales, incluso las Misas privadas debían conformarse al Oficio del día1. Esta evolución llevó a las reglas contenidas en el Misal de 1570, que distinguían entre Misas votivas en sentido estricto y Misas votivas en un sentido más amplio1.
Distinciones Históricas de las Misas Votivas
Históricamente, las Misas votivas se dividían en dos categorías principales:
Misas votivas estrictamente dichas: Eran aquellas mandadas celebrar en ciertos días o por orden de la autoridad eclesiástica1. Un ejemplo era la Misa de la Santísima Virgen en cada sábado del año que no estuviera ocupado por una fiesta de mayor rango1. También se incluían las Misas votivas ordenadas por el Papa o el ordinario para ocasiones graves (pro re gravi), como la elección de un papa o un obispo, en tiempos de guerra, plaga o persecución1. La devoción de las Cuarenta Horas también incluía Misas votivas estrictas, como la Misa del Santísimo Sacramento en el primer y tercer día, y la Misa por la paz en el segundo día1.
Misas votivas en sentido amplio (late sumpta): Eran aquellas que un sacerdote podía celebrar a su discreción en días de menor rango litúrgico, como semidobles, simples o ferias1.
Ciertas Misas, como las Misas de Requiem y las Misas Nupciales, son consideradas casos particulares de Misas votivas debido a su naturaleza específica y a que no siempre corresponden al Oficio del día1,2,3.

