La Misa es el «sacrificio eucarístico» por excelencia, la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana1. En ella, el sacrificio de la Nueva Alianza, sellado por Jesús en la cruz, se hace continuamente presente por la Iglesia a través de signos sagrados2. La Misa no es un sacrificio nuevo, sino la re-presentación y actualización del único sacrificio de Cristo, ofrecido «una vez para siempre» en la cruz3. Este sacrificio de la cruz es el mismo que se renueva diariamente en la Eucaristía, obedeciendo el mandato de Jesús: «Haced esto en memoria mía»4.
El sacerdote que celebra la Misa actúa in persona Christi, es decir, en la persona de Cristo mismo5,1. Cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, no dice «Este es el cuerpo de Cristo», sino «Este es mi cuerpo», significando que es Cristo quien ofrece el sacrificio a través de su ministro4. Por lo tanto, el sacerdote es uno y el mismo: Cristo el Señor4.
La presencia misteriosa del Señor en la Eucaristía, bajo lo que a nuestros sentidos sigue apareciendo como pan y vino, es una presencia verdadera, real y sustancial6. Esta transformación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo se conoce como transubstanciación1.

