En los primeros siglos de la Iglesia, la escasez de materiales de escritura y la necesidad de economía llevaron a la producción de libros litúrgicos separados1. El sacerdote utilizaba un Sacramentario para las oraciones de la Misa, que se centraba en la consagración del sacrificio1. Otros libros incluían el Leccionario o Evangelisterio para las lecturas bíblicas, y el Antifonario o Gradual para los cantos del coro2,3.
La conveniencia de tener todos los textos en un solo volumen llevó gradualmente a la fusión de estos libros. Con la creciente frecuencia de las Misas privadas, donde el celebrante debía decir por sí mismo lo que normalmente era cantado por el coro o leído por el diácono y subdiácono, surgió la necesidad de un libro completo2,3. Los primeros vestigios de un Missale plenarium (misal completo) se encuentran en el siglo IX, y para los siglos XI o XII, ya era común3. Este Missale plenarium contenía todas las oraciones necesarias para la celebración del Santo Sacrificio3.
Un factor determinante en la configuración del Misal Romano tal como lo conocemos hoy fue el libro producido en la segunda mitad del siglo XIII bajo la influencia franciscana, conocido como Missale secundum consuetudinem Romanae curiae (Misal según la costumbre de la Curia Romana), que ganó gran popularidad en Italia1.

