La necesidad de una Tradición Escrita
Tras la destrucción del Templo de Jerusalén (70 d.C.) la comunidad judía se vio obligada a preservar la Ley no solo en el texto escrito (Torá) sino también en la Tradición Oral que acompañaba a la revelación mosaica. Esta tradición, según la Pontificia Comisión Bíblica, se manifestó como una «segunda escritura» que buscaba responder a preguntas sobre la fe y la conducta israelitas1.
El papel de Jehuda ha‑Nasi
A finales del siglo II, el sabio y patriarca Jehuda ha‑Nasi (150‑210 d.C.) organizó y redactó la Mishná, consolidando los dichos y decisiones de los tannaítas (maestros) en seis órdenes que abarcan leyes, ética y liturgia2,3. Su obra fue reconocida como la versión canónica de la Tradición Oral y recibió el título de Mishná par excellence3.

