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Misiones ad gentes

Las misiones ad gentes constituyen la actividad evangelizadora dirigida a pueblos, grupos y contextos socioculturales donde Cristo y el Evangelio todavía no son conocidos, o donde no existen comunidades cristianas suficientemente maduras para vivir, expresar y transmitir la fe. Su finalidad propia consiste en anunciar a Jesucristo, implantar la Iglesia y promover el crecimiento de comunidades cristianas autóctonas capaces de participar en la misión universal de la Iglesia.1,2

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreMisiones ad gentes
CategoríaTérmino
DescripciónMisión de la Iglesia que busca anunciar a Jesucristo, implantar la Iglesia y fomentar comunidades cristianas autóctonas. Actividad evangelizadora dirigida a pueblos, grupos y contextos donde Cristo y el Evangelio aún no son conocidos o no existen comunidades cristianas maduras. Comprende el anuncio del Evangelio, la catequesis, la celebración de sacramentos, la caridad y la formación de comunidades locales capaces de vivir y transmitir la fe. La locución latina ad gentes significa «a las gentes» o «a los pueblos»
ContextoOriginada en el Decreto conciliar Ad gentes (1965) del Concilio Vaticano II y desarrollada en documentos posteriores como Evangelii nuntiandi (1975) y Redemptoris missio (1990).
Documentos
Impacto HistóricoTransformó la visión de la misión como dimensión constitutiva de la Iglesia, no como tarea secundaria.
ImportanciaDefine la labor misionera universal de la Iglesia y orienta la organización del Dicasterio para la Evangelización.
TipoTérmino teológico

Tabla de contenido

Significado de la expresión

La locución latina ad gentes significa «a las gentes» o «a los pueblos». En el lenguaje misionológico, designa el envío de la Iglesia hacia quienes todavía no han recibido de manera suficiente el anuncio del Evangelio ni cuentan con una presencia eclesial estable.

La palabra misión expresa principalmente la idea de envío. Evangelización, en cambio, alude directamente al anuncio de la Buena Noticia de Jesucristo. La misión posee, por tanto, un sentido más amplio: incluye el anuncio, el testimonio de vida, la formación de comunidades, la celebración de los sacramentos, la catequesis, la promoción de la caridad y la implantación de la Iglesia.3

El Concilio Vaticano II empleó la expresión actividad misionera para referirse particularmente a la evangelización y a la implantación de la Iglesia entre pueblos y grupos donde esta todavía no había arraigado.1

Fundamento teológico

La misión de Cristo y de la Iglesia

La misión de la Iglesia nace de la misión de Jesucristo y pertenece a la naturaleza misma de la vida cristiana. Juan Pablo II enseñó que la misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, todavía dista mucho de haber llegado a su cumplimiento y que la Iglesia debe comprometerse plenamente a su servicio.4

El Concilio Vaticano II presentó a la Iglesia como misionera por su propia naturaleza. La Iglesia no recibe la misión como una tarea secundaria, sino como una dimensión constitutiva de su existencia. La actividad misionera manifiesta y extiende la fe salvadora, fortalece la unidad católica y expresa la apostolicidad de la Iglesia.1

La evangelización tampoco corresponde exclusivamente a determinados sacerdotes, religiosos o especialistas. Toda la Iglesia participa en una única misión, aunque desempeña tareas diferentes según las circunstancias y los dones recibidos.3

La finalidad de la misión

El decreto Ad gentes identifica dos objetivos inseparables de la actividad misionera:

  • La evangelización, mediante el anuncio de Jesucristo y de su Evangelio.
  • La implantación de la Iglesia, mediante la formación de comunidades locales maduras y capaces de sostener una vida cristiana completa.1

La predicación ocupa un lugar fundamental. A través de la Palabra de Dios, las personas reciben la llamada a la fe y entran sacramentalmente en la Iglesia, que vive de la Palabra y de la Eucaristía.1

La misión no pretende crear comunidades dependientes indefinidamente de agentes extranjeros. El objetivo consiste en que cada Iglesia particular alcance una auténtica madurez, con su propia jerarquía, sus ministros, sus fieles, sus instituciones y su capacidad de contribuir al bien de toda la Iglesia.1

La misión ad gentes en el magisterio contemporáneo

El decreto Ad gentes

El decreto conciliar Ad gentes, promulgado por el Concilio Vaticano II en 1965, constituye el documento fundamental sobre la actividad misionera de la Iglesia en la época contemporánea.

El documento describe la misión como una actividad dirigida a pueblos y grupos donde la Iglesia todavía no ha echado raíces. También reconoce que las etapas misioneras pueden coexistir: comienzo de la evangelización, crecimiento de comunidades jóvenes y consolidación de Iglesias particulares. La actividad misionera no termina automáticamente cuando una comunidad adquiere estructuras estables, porque las Iglesias ya establecidas conservan el deber de anunciar el Evangelio a quienes todavía permanecen fuera de la fe.1

Ad gentes contempla además situaciones en las que el anuncio explícito no resulta posible de inmediato. En esos casos, los misioneros deben ofrecer testimonio de Cristo mediante la caridad y las obras de misericordia, con paciencia, prudencia y confianza. El testimonio cristiano prepara el camino al anuncio y hace presente a Cristo de una manera adecuada a las circunstancias.1

Evangelii nuntiandi

Pablo VI publicó la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi en 1975, después de la Asamblea General del Sínodo de los Obispos dedicada a la evangelización del mundo contemporáneo.

El documento presenta la evangelización como la vocación propia y la identidad más profunda de la Iglesia. La evangelización no queda reducida a una sola acción, como la predicación, la catequesis o la administración de los sacramentos. Comprende una realidad compleja y dinámica que integra el anuncio de Cristo, la conversión, la incorporación a la Iglesia, la transformación de la vida y la implantación de comunidades cristianas.3,5

Evangelii nuntiandi también enseña que toda la Iglesia está llamada a evangelizar, aunque las tareas evangelizadoras sean diversas. La variedad de servicios no rompe la unidad de la misión, sino que manifiesta su riqueza.3

Redemptoris missio

Juan Pablo II publicó la encíclica Redemptoris missio en 1990 para reafirmar la vigencia permanente de la misión ad gentes. La encíclica sostiene que la actividad misionera conserva todo su valor y que el anuncio del Evangelio todavía no ha alcanzado a numerosos pueblos y contextos humanos.4,2

Redemptoris missio distingue tres situaciones evangelizadoras:

  1. La misión ad gentes en sentido propio, dirigida a pueblos, grupos y contextos donde Cristo y el Evangelio no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas maduras.
  2. La atención pastoral ordinaria, ejercida en comunidades cristianas estructuradas, fervientes y capaces de dar testimonio del Evangelio.
  3. La nueva evangelización o reevangelización, necesaria allí donde grupos de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe, ya no se reconocen como miembros de la Iglesia o viven alejados de Cristo y del Evangelio.2

La encíclica evita identificar la misión exclusivamente con una determinada región geográfica. La necesidad del anuncio misionero depende de la relación de las personas y de los grupos con Cristo, con el Evangelio y con la comunidad eclesial.

Misión ad gentes y nueva evangelización

Dos realidades relacionadas, pero distintas

La misión ad gentes y la nueva evangelización forman parte de la única misión de la Iglesia, pero no designan exactamente la misma realidad.

La misión ad gentes se dirige principalmente a quienes no conocen a Cristo o viven en contextos donde todavía no existe una comunidad cristiana suficientemente madura. Su tarea característica consiste en el primer anuncio, la formación de los primeros discípulos y la implantación de una Iglesia local.2,6

La nueva evangelización se dirige sobre todo a personas y pueblos que recibieron anteriormente el anuncio cristiano, pero que han perdido la práctica de la fe, han olvidado su pertenencia a la Iglesia o viven alejados del Evangelio. En este caso, la acción pastoral busca renovar la fe, suscitar una nueva conversión y reconstruir la relación viva con Cristo y con la comunidad eclesial.2

La descristianización como desafío misionero

Las sociedades de antigua tradición cristiana pueden convertirse en auténticos ámbitos de misión cuando amplios grupos de bautizados pierden el sentido vivo de la fe. La existencia de templos, instituciones cristianas o recuerdos culturales del cristianismo no garantiza por sí misma una vida creyente. Redemptoris missio considera estas situaciones un contexto intermedio que requiere nueva evangelización o reevangelización.2

La descristianización también puede aparecer dentro de sociedades formalmente cristianas, en grandes ciudades, ambientes culturales, espacios profesionales y grupos humanos alejados de la práctica religiosa. Por este motivo, la misión contemporánea no puede organizarse solo según fronteras geográficas. El anuncio debe alcanzar también contextos culturales y sociales concretos.

La distinción conserva, sin embargo, su valor teológico. Llamar ad gentes a toda actividad pastoral podría hacer desaparecer la responsabilidad específica de anunciar a quienes nunca han conocido a Cristo. Del mismo modo, llamar simplemente «misión extranjera» a toda evangelización impediría comprender la necesidad de renovar la fe en pueblos de antigua tradición cristiana.

Sujetos de la misión

La Iglesia universal

La Iglesia universal recibe de Cristo la misión de anunciar el Evangelio a todos los pueblos. El impulso misionero pertenece a su naturaleza y no depende solo de iniciativas particulares. La expansión de la fe manifiesta la catolicidad de la Iglesia y fortalece su unidad.1,4

El Concilio Vaticano II atribuye una responsabilidad común a los obispos y a las Iglesias particulares. La misión no fluye solo desde un centro hacia territorios considerados periféricos, sino que compromete a todo el cuerpo eclesial.7

Las Iglesias particulares

Una diócesis que recibe el Evangelio no permanece como destinataria pasiva. Cuando alcanza madurez, debe anunciar a quienes todavía no conocen a Cristo y colaborar con otras Iglesias. El crecimiento de una Iglesia particular incluye su capacidad para enviar evangelizadores, formar ministros y participar en la misión universal.1

Obispos, presbíteros y diáconos

Los obispos ejercen una responsabilidad especial en la evangelización de los pueblos confiados a su cuidado y en la cooperación misionera con otras Iglesias. Los presbíteros y diáconos colaboran mediante la predicación, la celebración de los sacramentos, la catequesis, el acompañamiento pastoral y el servicio de la caridad.

Personas consagradas

Los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica han desempeñado una función histórica en la evangelización, la educación, la atención sanitaria, la formación de comunidades y el servicio a los pobres. Su aportación forma parte de la cooperación de toda la Iglesia en la misión.

Los fieles laicos

Los laicos anuncian el Evangelio mediante la vida familiar, el trabajo, la cultura, la educación, la acción social y la participación en la vida pública. Su presencia permite que la fe alcance ambientes donde la acción pastoral ordinaria no siempre llega directamente.

La misión no consiste solo en pronunciar discursos religiosos. La coherencia de la vida cristiana, la caridad y el servicio humilde pueden preparar el camino para el anuncio explícito, especialmente cuando las circunstancias dificultan una proclamación inmediata.1

Principales formas de la actividad misionera

El primer anuncio

El primer anuncio presenta a Jesucristo como Salvador y llama a la conversión y a la fe. Constituye el punto de partida de la misión ad gentes, especialmente en contextos donde el Evangelio resulta desconocido o aparece deformado por prejuicios y malentendidos.

El anuncio debe conducir a una relación personal y comunitaria con Cristo. No pretende transmitir solo una información religiosa, sino invitar a acoger la vida nueva ofrecida por el Evangelio.

La catequesis

La catequesis acompaña el crecimiento de la fe después del primer anuncio. Ayuda a comprender la doctrina cristiana, a interpretar la Escritura, a vivir la moral evangélica y a participar conscientemente en la liturgia y en la vida de la Iglesia.

En las misiones ad gentes, la catequesis prepara la incorporación sacramental y forma discípulos capaces de asumir responsabilidades en sus propias comunidades.

La celebración de los sacramentos

Los sacramentos incorporan a los creyentes a la vida de Cristo y edifican la comunidad eclesial. El bautismo integra a la Iglesia; la Eucaristía alimenta su vida; la confirmación fortalece el testimonio; y los demás sacramentos acompañan las diversas dimensiones de la existencia cristiana.

La implantación de la Iglesia exige una vida sacramental estable, ministros adecuadamente formados y comunidades capaces de celebrar la fe de acuerdo con la disciplina de la Iglesia.

La caridad y las obras de misericordia

La caridad pertenece a la misión porque hace visible el amor de Dios. La atención a los pobres, los enfermos, los migrantes, los perseguidos y quienes sufren puede constituir un testimonio decisivo de Cristo.

Cuando el anuncio directo encuentra obstáculos, la caridad no sustituye al Evangelio, pero prepara el camino y hace presente el amor de Cristo.1

La educación y la promoción humana

La actividad misionera incluye la formación humana y cristiana. Escuelas, centros de salud, iniciativas sociales y proyectos de desarrollo pueden servir a la dignidad de la persona y abrir espacios de encuentro entre el Evangelio y las culturas.

La promoción humana debe permanecer integrada en la misión evangelizadora. El servicio cristiano no reduce la misión a un programa social, pero tampoco permite anunciar el Evangelio ignorando la pobreza, la injusticia o el sufrimiento concreto de las personas.

Etapas de la implantación de la Iglesia

La actividad misionera puede atravesar diversas etapas, aunque la realidad concreta de cada pueblo impide aplicar un esquema rígido.

Primer contacto y anuncio inicial

Los evangelizadores entran en relación con personas y grupos que todavía no conocen el Evangelio. La escucha, el conocimiento de la cultura y la convivencia permiten anunciar a Cristo de forma respetuosa y comprensible.

Formación de los primeros creyentes

El anuncio suscita conversiones y reúne a los primeros discípulos. La catequesis, la oración, la celebración litúrgica y la vida fraterna consolidan la fe recibida.

Nacimiento de la comunidad

La comunidad adquiere una identidad eclesial más definida, recibe ministros y organiza su vida sacramental, catequética y caritativa. La Iglesia comienza a arraigar en la cultura propia del pueblo.

Madurez de la Iglesia local

La Iglesia particular alcanza la capacidad de sostener su vida cristiana, formar agentes pastorales, discernir sus necesidades y anunciar el Evangelio a otros grupos. En esta etapa, la misión recibida se convierte también en misión compartida.1

Organización eclesial actual

La constitución apostólica Praedicate Evangelium, promulgada en 2022, reorganizó la Curia Romana y estableció el Dicasterio para la Evangelización. Este dicasterio sirve a la obra evangelizadora para que Cristo, luz de las naciones, sea conocido y testimoniado de palabra y de obra, y para que la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, crezca.9,10

El Dicasterio para la Evangelización posee competencia sobre las cuestiones fundamentales de la evangelización en el mundo y sobre la institución, el acompañamiento y el apoyo a las nuevas Iglesias particulares, sin perjuicio de la competencia del Dicasterio para las Iglesias Orientales.9,10

Su estructura comprende dos secciones:

  • Sección para las cuestiones fundamentales de la evangelización en el mundo.
  • Sección para la primera evangelización y las nuevas Iglesias particulares dentro de los territorios de su competencia.9,10

El Romano Pontífice preside directamente el Dicasterio para la Evangelización. Cada sección queda dirigida en su nombre y bajo su autoridad por un proprefecto.11,10

La primera sección estudia, en colaboración con las Iglesias particulares, las conferencias episcopales, las estructuras jerárquicas orientales, los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, las cuestiones fundamentales de la evangelización y las formas, instrumentos y lenguajes adecuados para el anuncio del Evangelio.10

Retos contemporáneos

Urbanización y movilidad humana

Las grandes concentraciones urbanas reúnen personas de orígenes culturales, religiosos y sociales diversos. En ellas conviven comunidades cristianas maduras, personas alejadas de la Iglesia y grupos que nunca han recibido un anuncio suficiente del Evangelio.

La movilidad humana también transforma los espacios tradicionales de misión. Migrantes, refugiados, estudiantes y trabajadores llevan consigo sus tradiciones religiosas y crean nuevas oportunidades para la evangelización.

Pluralismo cultural y religioso

La pluralidad exige una evangelización capaz de dialogar sin perder su identidad. El misionero necesita conocer las culturas, aprender sus lenguas, respetar sus valores y discernir los elementos que pueden integrarse en la vida cristiana.

Debilitamiento de la fe

La pérdida de la práctica religiosa en sociedades de tradición cristiana reclama una acción distinta del primer anuncio a quienes nunca han oído hablar de Cristo. La nueva evangelización debe despertar la memoria cristiana, presentar de nuevo el Evangelio y acompañar procesos de conversión.2

Relación entre misión y estructuras eclesiales

La reforma de las estructuras eclesiales solo adquiere sentido cuando favorece la evangelización. Las formas de organización, los horarios, el lenguaje y los estilos pastorales deben facilitar la misión en lugar de orientarse exclusivamente a la conservación interna de las instituciones.5

Misión y unidad de los cristianos

La misión ad gentes está estrechamente relacionada con la unidad de los cristianos. Las divisiones entre los discípulos de Cristo perjudican el testimonio del Evangelio y dificultan el acceso de muchas personas a la fe. Por eso, el ecumenismo y la misión no son tareas aisladas: la búsqueda de la unidad favorece la credibilidad del anuncio cristiano.1

La Iglesia llama a todos los bautizados a ofrecer un testimonio común. Cuando todavía no resulta posible profesar juntos toda la fe, los cristianos pueden avanzar mediante el respeto, el amor mutuo y la cooperación en el servicio.1

Valor permanente de las misiones ad gentes

La misión ad gentes no pertenece solo a una etapa histórica vinculada a la expansión geográfica de la Iglesia. Conserva su valor allí donde Cristo no es conocido, donde el Evangelio no ha arraigado y donde faltan comunidades cristianas capaces de vivir y transmitir la fe.

Al mismo tiempo, la misión adopta nuevas formas en sociedades secularizadas, en ambientes urbanos y en culturas marcadas por la movilidad y el pluralismo. La Iglesia mantiene una única misión, pero la ejerce mediante el primer anuncio, la pastoral ordinaria, la nueva evangelización, el diálogo, la caridad y la formación de comunidades maduras.2,1

La misión ad gentes alcanza su plenitud cuando el Evangelio es anunciado con fidelidad, acogido libremente, encarnado en una cultura concreta y celebrado dentro de una Iglesia local viva, capaz de anunciar a Cristo a otros pueblos.

Citas y referencias

  1. Capítulo I - Principios de la doctrina, Concilio Vaticano II. Ad Gentes, 6 (1965). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16
  2. Capítulo IV - Los vastos horizontes de la misión ad gentes - La misión ad gentes mantiene su valor, Papa Juan Pablo II. Redemptoris Missio, 33 (1990). 2 3 4 5 6 7 8
  3. E. Borda. Reflexiones sobre la teología de la misión en el XXV aniversario del decreto «Ad Gentes», 17 (1990). 2 3 4
  4. Introducción, Papa Juan Pablo II. Redemptoris Missio, 1 (1990). 2 3
  5. Sede Santa. Acta Apostolicae Sedis: Número 1, enero, 2020, 45 (2020). 2
  6. Sede Santa. Acta Apostolicae Sedis: Número 4, abril, 1991, 33 (1991).
  7. Un giro misional, Marc Ouellet. «¡Ay de mí si no predico el Evangelio!», I (1994).
  8. A. Suárez. El carácter histórico-escatológico de la Iglesia en el decreto Ad gentes, 24 (1969).
  9. V. Dicasterios - Dicasterio para la evangelización - Art. 53, Papa Francisco. Praedicate Evangelium, Art. 53 (2022). 2 3 4
  10. V, Sede Santa. Acta Apostolicae Sedis: Número 4, abril, 2022, 29 (2022). 2 3 4 5 6
  11. V. Dicasterios - Dicasterio para la evangelización - Art. 54, Papa Francisco. Praedicate Evangelium, Art. 54 (2022).
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