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Misterio Pascual

El misterio pascual constituye el centro de la fe cristiana y de toda la vida de la Iglesia. Comprende la pasión, la muerte, la resurrección, la ascensión de Jesucristo y la donación del Espíritu Santo. En estos acontecimientos, unidos inseparablemente, Dios lleva a cumplimiento su designio de salvación, libera al ser humano del pecado y de la muerte, y abre a la humanidad el acceso a la vida eterna.1,2

Settimanasanta ca1
Ver información de la imagenSemana Santa en Cagliari, Procesión de los Misterios, c. 2007. Original, Giova81, CC BY-SA 3.0 📄
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NombreMisterio Pascual
CategoríaTérmino
DescripciónCentro de la fe cristiana y de la vida de la Iglesia; comprende pasión, muerte, resurrección, ascensión de Cristo y la donación del Espíritu Santo. Designio divino oculto y progresivamente revelado en Cristo que libera del pecado y abre el acceso a la vida eterna
Referencias
Aplicación MoralLlama a morir al pecado, vivir una vida nueva en Cristo, transformar el sufrimiento y practicar caridad, justicia y esperanza.
Contexto HistóricoSe origina en la Pascua de Israel, se cumple en Cristo y fue sistematizado en la tradición patrística, el Concilio Vaticano II y documentos papales como Mysterii Paschalis (1969).
Doctrinas RelacionadasRedención, Trinidad, Sacramentos, Eucaristía, Penitencia, Bautismo, Confirmación.
Importancia EclesialFundamento de la liturgia, de los sacramentos y de la vida de la Iglesia; tema central del Triduo Pascual y del año litúrgico.
TipoTérmino teológico

Tabla de contenido

Significado del término

«Misterio»

En el lenguaje bíblico, la palabra misterio no designa principalmente una realidad incomprensible o irracional. El término alude al designio de Dios, oculto desde antiguo y manifestado progresivamente en la historia de la salvación. Dios revela en Cristo el contenido de ese designio y permite al ser humano participar en él mediante la fe, los sacramentos y la vida de la Iglesia.3

El misterio cristiano posee, por tanto, dos dimensiones inseparables:

El misterio pascual no consiste únicamente en una verdad que la inteligencia debe comprender. Constituye una obra divina de salvación que transforma la existencia humana y continúa ofreciendo sus frutos a la Iglesia.3

«Pascual»

El adjetivo pascual procede de Pascua. La Pascua de Israel conmemoraba la liberación de los hebreos de la esclavitud de Egipto y la alianza establecida por Dios con su pueblo. La Pascua de Cristo lleva esa figura a su plenitud: Jesús, el verdadero Cordero, libera a la humanidad de la esclavitud del pecado y conduce a los creyentes desde la muerte a la vida.

La liturgia expresa esta realidad con las palabras del prefacio pascual:

«Cristo, nuestra Pascua, se ha inmolado. Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida».4

La Pascua cristiana es, pues, el paso de Cristo por la muerte hacia la vida gloriosa, y también el paso que los bautizados realizan con él. El acontecimiento de Cristo no permanece aislado en el pasado: alcanza el destino de cada ser humano y ofrece la salvación a todos.5

El contenido del misterio pascual

El misterio pascual forma una unidad. La pasión, la muerte, la resurrección, la ascensión y Pentecostés no constituyen episodios independientes, sino momentos de una única obra redentora.

La pasión de Jesucristo

La pasión manifiesta el amor obediente de Cristo al Padre y su solidaridad con la humanidad pecadora. Jesús acepta libremente el sufrimiento y la muerte en fidelidad a la misión recibida. Su entrega no nace de una fatalidad ciega ni de una simple derrota ante sus adversarios. Cristo camina conscientemente hacia «su hora», el momento en que llevará a plenitud la obra encomendada por el Padre.6

La pasión incluye la agonía de Getsemaní, la traición, el abandono de los discípulos, los juicios, la flagelación, la coronación de espinas, el camino hacia el Calvario y la crucifixión. En todos estos sufrimientos, Jesús permanece unido al Padre y ofrece su vida por la salvación del mundo.

La cruz revela simultáneamente:

Cristo, inocente y santo, carga con las consecuencias del pecado sin haber cometido pecado. La cruz manifiesta la violencia del mal, pero también muestra que el amor de Dios alcanza una profundidad que el pecado no puede destruir.7

La muerte de Cristo

Jesucristo muere verdaderamente en la cruz. La fe católica confiesa la realidad histórica de su muerte y, al mismo tiempo, su significado salvífico. El Hijo eterno asume una naturaleza humana completa y entrega su vida humana al Padre por amor a los hombres.

La muerte de Cristo es un sacrificio de obediencia y amor. Jesús no ofrece algo exterior a sí mismo: ofrece su propio cuerpo y su propia sangre. En la última cena anticipa sacramentalmente esta entrega cuando instituye la Eucaristía y manda a la Iglesia que celebre su memorial.8

La cruz no debe interpretarse como una exigencia de crueldad por parte del Padre. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo actúan unidos en la obra de la salvación. El Padre entrega al Hijo por amor; el Hijo se entrega libremente; y el Espíritu Santo sostiene y lleva a plenitud la ofrenda de Cristo. El misterio pascual manifiesta así la comunión de amor de la Santísima Trinidad.7

La resurrección

La resurrección constituye el cumplimiento y la confirmación divina de la obra realizada en la cruz. El Padre resucita a Jesús de entre los muertos mediante el poder del Espíritu Santo. Cristo resucitado posee un cuerpo verdadero, pero glorificado y transformado; no retorna simplemente a la vida terrena anterior, como ocurrió con Lázaro, sino que entra en una condición nueva y definitiva.

La resurrección no representa un añadido secundario a la pasión. Forma parte esencial de la redención. San Pablo resume esta unidad al afirmar que Cristo «fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación» (Rm 4,25).9

La resurrección significa:

  • la victoria sobre el pecado y la muerte;
  • la glorificación de la humanidad de Cristo;
  • la confirmación de su identidad como Hijo de Dios;
  • el fundamento de la fe y de la esperanza cristianas;
  • la inauguración de la nueva creación;
  • la promesa de la resurrección futura de los creyentes.

La resurrección transforma el sentido de la cruz. La cruz continúa siendo el lugar del sufrimiento y de la entrega, pero, iluminada por la resurrección, aparece como el camino del amor victorioso. Por este motivo, la Iglesia proclama siempre conjuntamente la muerte y la resurrección del Señor.

La ascensión y la glorificación

La ascensión de Jesucristo no significa una simple partida espacial. Expresa la entrada de la humanidad de Cristo en la gloria del Padre. El Resucitado, verdadero Dios y verdadero hombre, lleva consigo nuestra naturaleza humana y abre para ella el camino hacia la comunión plena con Dios.

La glorificación completa el movimiento pascual: el Hijo baja hasta la condición humilde del siervo, entrega su vida, vence la muerte y vuelve al Padre con la humanidad redimida. Cristo glorioso permanece unido a su Iglesia y ejerce para siempre su mediación sacerdotal.10

La ascensión también inaugura una nueva forma de presencia. Cristo ya no permanece visible del mismo modo que durante su vida terrena, pero continúa presente en la Iglesia, en la palabra proclamada, en los sacramentos, en la Eucaristía y en los pobres y necesitados.

La donación del Espíritu Santo

El misterio pascual alcanza su despliegue pleno con Pentecostés. Cristo resucitado y glorificado comunica el Espíritu Santo a la Iglesia. El Espíritu hace presente la vida del Resucitado, reúne a los creyentes en un solo cuerpo y capacita a la Iglesia para anunciar el Evangelio.

Jesús es el portador del Espíritu desde la encarnación y el bautismo en el Jordán. Después de la resurrección se convierte en el donador glorioso del Espíritu, fuente inagotable de la vida divina comunicada a los hombres.10

El Espíritu Santo aplica a cada persona los frutos de la redención. Gracias a él, el bautizado recibe la adopción filial, puede dirigirse a Dios como Padre, participa de la vida de Cristo y es incorporado a la Iglesia.

El misterio pascual como obra de la Trinidad

La Pascua de Cristo revela la acción conjunta del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El Padre

El Padre envía al Hijo al mundo y acepta su entrega obediente. La resurrección manifiesta el poder vivificador del Padre y confirma que la muerte no tiene la última palabra. El Padre no abandona al Hijo en la muerte, sino que lo levanta y lo glorifica.

El Hijo

El Hijo eterno se encarna, asume la condición humana y ofrece su vida por amor. Su obediencia no consiste en una sumisión externa, sino en la libre realización de su comunión filial con el Padre. Cristo cumple su misión entregándose por todos y conduce a la humanidad hacia la reconciliación con Dios.6

El Espíritu Santo

El Espíritu Santo actúa en la encarnación, sostiene la misión de Jesús, acompaña su entrega y manifiesta su poder en la resurrección. Después de Pentecostés, el mismo Espíritu comunica a la Iglesia la vida pascual y la capacita para vivir como cuerpo de Cristo.

El misterio pascual constituye así una manifestación suprema del amor trinitario: el Padre entrega, el Hijo se entrega y el Espíritu vivifica y comunica los frutos de esa entrega.11

El misterio pascual y la redención

La redención comprende la liberación del pecado, la reconciliación con Dios, la victoria sobre la muerte y la restauración de la dignidad humana.

Liberación del pecado

El pecado rompe la comunión con Dios, desordena la relación con los demás y encierra al ser humano en el egoísmo. Cristo afronta esa realidad desde dentro de la condición humana y la vence mediante una obediencia amorosa hasta la muerte.

La cruz manifiesta la justicia de Dios, porque el pecado recibe una respuesta real, pero también revela una justicia inseparable de la misericordia. Dios no responde al pecado con una destrucción del pecador, sino con una iniciativa de perdón y restauración realizada en Cristo.7

Reconciliación con Dios

Cristo es el mediador perfecto entre Dios y los hombres. Su sacerdocio alcanza la plenitud en la Pascua, porque su entrega reconcilia definitivamente a la humanidad con el Padre y abre el acceso a la vida divina.10

La reconciliación no elimina la responsabilidad humana. El creyente debe acoger libremente la gracia mediante la fe, la conversión y la vida sacramental. El sacramento de la Penitencia permite recibir de modo personal la misericordia obtenida por Cristo.

Victoria sobre la muerte

La muerte, vinculada al pecado, constituye el último enemigo del hombre. Cristo entra en la muerte y la vence desde dentro. Su resurrección no suprime todavía la muerte física en la experiencia de cada persona, pero transforma su sentido y la convierte, para quienes viven unidos a él, en paso hacia la vida eterna.

La esperanza cristiana no consiste en una mera supervivencia del alma ni en una repetición indefinida de la vida terrena. Nace de la unión con el Resucitado y espera la resurrección de los muertos y la renovación definitiva de la creación.

Restauración de la dignidad humana

En Cristo crucificado y resucitado, la persona humana descubre su dignidad. Dios no abandona a la humanidad en su miseria, sino que asume nuestra naturaleza y la lleva a la gloria. La redención muestra el valor de cada persona y fundamenta la esperanza ante el sufrimiento, la injusticia y la muerte.7

El misterio pascual en la Sagrada Escritura

Antiguo Testamento

La Pascua de Cristo cumple numerosas figuras del Antiguo Testamento:

  • el cordero pascual, cuya sangre protegió a Israel;
  • el paso del mar Rojo, signo de liberación;
  • el maná, figura del alimento celestial;
  • la alianza del Sinaí;
  • el sacrificio del siervo sufriente;
  • la promesa de una nueva alianza;
  • la esperanza de la victoria de Dios sobre la muerte.

Estas figuras no constituyen acontecimientos aislados de Cristo. La Iglesia las interpreta como etapas del único designio divino que alcanza su plenitud en la muerte y resurrección del Señor.

Evangelios

Los Evangelios presentan la vida pública de Jesús orientada hacia Jerusalén y hacia la «hora» de su pasión y glorificación. Desde el comienzo, Cristo anuncia su muerte y resurrección, aunque los discípulos comprendan plenamente estas palabras después de Pascua.

La transfiguración anticipa la gloria pascual. La entrada en Jerusalén manifiesta la realeza humilde del Mesías. La última cena interpreta de antemano la cruz. Getsemaní revela la obediencia filial. El Calvario muestra la entrega total. El sepulcro vacío y las apariciones confirman la resurrección y fundan la misión apostólica.

San Pablo

Para san Pablo, Cristo crucificado y resucitado constituye el centro del Evangelio. La cruz manifiesta la sabiduría y el poder de Dios, mientras que la resurrección fundamenta la justificación y la esperanza futura.

El Apóstol contempla la Pascua como una realidad que transforma al creyente: quien muere y resucita con Cristo recibe una vida nueva y queda llamado a abandonar el pecado. La existencia cristiana adquiere una estructura pascual: morir al hombre viejo y vivir para Dios.

El misterio pascual y los sacramentos

Los sacramentos comunican a los fieles la gracia del misterio pascual. No constituyen simples ceremonias conmemorativas, sino acciones de Cristo y de la Iglesia en las que actúa eficazmente la salvación.

Bautismo

El Bautismo incorpora al creyente a la muerte y resurrección de Cristo. El bautizado muere al pecado, es sepultado con Cristo y renace a una vida nueva. El Concilio Vaticano II enseña que por el Bautismo los hombres entran en el misterio pascual, mueren, son sepultados y resucitan con Cristo, y reciben el Espíritu de adopción filial.12

El Bautismo constituye la primera participación sacramental en la Pascua y orienta toda la existencia cristiana. La vida moral del bautizado consiste en desarrollar la vida nueva recibida y permitir que la gracia transforme sus decisiones, relaciones y obras.

Confirmación

La Confirmación fortalece la incorporación bautismal mediante una efusión especial del Espíritu Santo. El cristiano recibe una capacidad renovada para confesar la fe, participar en la misión de la Iglesia y dar testimonio de Cristo.

Eucaristía

La Eucaristía ocupa el centro de la vida litúrgica porque hace sacramentalmente presente el sacrificio pascual. En la última cena, Cristo instituyó el sacrificio eucarístico para perpetuar el sacrificio de la cruz y confiar a la Iglesia el memorial de su muerte y resurrección.8

La Eucaristía no repite ni multiplica el sacrificio del Calvario. Hace presente sacramentalmente el único sacrificio de Cristo. En cada celebración, la Iglesia participa en la ofrenda del Señor, recibe su Cuerpo y su Sangre y anticipa la gloria futura.

La comunión eucarística alimenta la unión con Cristo, fortalece la unidad de la Iglesia, aumenta la caridad y orienta al creyente hacia la vida eterna. Por ello, la Eucaristía constituye el corazón de la celebración dominical y del año litúrgico.

Penitencia

El sacramento de la Penitencia aplica al pecador arrepentido la victoria pascual de Cristo. La reconciliación sacramental restaura la comunión con Dios y con la Iglesia, herida por el pecado grave.

La conversión cristiana posee una dimensión pascual: el pecador abandona una vida cerrada a Dios y vuelve a la comunión con Cristo. La absolución manifiesta que la gracia del Resucitado puede levantar al hombre y devolverle la dignidad filial.

Unción de los enfermos

La Unción une al enfermo con la pasión de Cristo, le concede fortaleza y paz, y puede otorgar el perdón de los pecados. En determinadas circunstancias, prepara al cristiano para el paso definitivo hacia la vida eterna. El sufrimiento no adquiere valor por sí mismo, sino en la medida en que queda unido al amor redentor de Cristo.

Orden y Matrimonio

El sacramento del Orden configura a los ministros con Cristo servidor y sacerdote. El ministro ordenado participa de la misión de anunciar, santificar y guiar al pueblo de Dios, siempre en dependencia del sacerdocio único de Cristo.

El Matrimonio manifiesta el amor fiel y fecundo de Cristo por la Iglesia. Los esposos cristianos viven su alianza como una vocación a entregarse mutuamente y a caminar juntos hacia la vida nueva inaugurada por la Pascua.

El misterio pascual en la liturgia

La liturgia constituye el ámbito privilegiado donde la Iglesia celebra y actualiza sacramentalmente el misterio pascual. El Concilio Vaticano II enseña que la obra de la salvación, cumplida por Cristo, continúa en la Iglesia mediante el sacrificio y los sacramentos, alrededor de los cuales gira toda la vida litúrgica.12

El Triduo Pascual

El Triduo Pascual constituye la celebración culminante del año litúrgico. Comienza con la misa vespertina de la Cena del Señor, alcanza su centro en la Vigilia Pascual y concluye con las vísperas del Domingo de Resurrección.

Jueves Santo

La misa de la Cena del Señor conmemora la institución de la Eucaristía, el sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo del amor. El lavatorio de los pies expresa la lógica de la Pascua: Cristo reina entregándose y llama a sus discípulos a servir.

Viernes Santo

La Iglesia contempla la pasión y muerte del Señor. La liturgia de la Pasión incluye la proclamación de la palabra, la adoración de la cruz y la comunión eucarística. El silencio y la sobriedad litúrgica permiten entrar en la profundidad de la entrega de Cristo.

Sábado Santo

El Sábado Santo representa el tiempo del silencio, la espera y la esperanza. La Iglesia permanece junto al sepulcro y medita el descenso de Cristo a la muerte. La ausencia de celebraciones eucarísticas durante el día expresa la espera de la resurrección.

Vigilia Pascual

La Vigilia Pascual, llamada madre de todas las vigilias, anuncia la resurrección mediante la liturgia de la luz, la liturgia de la palabra, la liturgia bautismal y la liturgia eucarística. El cirio pascual representa a Cristo resucitado, luz que vence las tinieblas.

La celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana durante la Vigilia manifiesta la unión entre Pascua y Bautismo. Los nuevos cristianos mueren y resucitan con Cristo, mientras toda la comunidad renueva su profesión de fe y sus promesas bautismales.13

El domingo

Cada domingo es una celebración semanal de la Pascua. La Iglesia recuerda y actualiza la muerte y resurrección del Señor, por lo que el domingo recibe el nombre de día del Señor.

El domingo es el primer día de la semana porque recuerda la creación y la nueva creación inaugurada por la resurrección. También recibe un sentido simbólico de «día octavo»: representa el mundo renovado y la eternidad que ha comenzado en Cristo.14

La participación en la Eucaristía dominical no constituye una costumbre devocional secundaria. Expresa la identidad de la comunidad cristiana y alimenta su vida. La Iglesia nace y crece alrededor de la palabra, la fracción del pan, la oración y la comunión fraterna.12

El año litúrgico

El año litúrgico despliega los distintos aspectos del único misterio de Cristo. Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y el tiempo ordinario no celebran salvaciones diferentes, sino diversas dimensiones de la única obra redentora.

La Cuaresma prepara para la Pascua mediante la escucha de la palabra de Dios, la oración, el ayuno, la limosna y la conversión. El tiempo pascual prolonga la alegría de la resurrección y conduce hacia la ascensión y Pentecostés. El tiempo ordinario muestra cómo la vida entera de Jesús y de la Iglesia participa de la gracia pascual.

El año litúrgico posee una eficacia espiritual propia. La Iglesia no recuerda los acontecimientos de Cristo como quien evoca acontecimientos desaparecidos, sino que celebra sacramentalmente su fuerza salvadora y permite a los fieles entrar más profundamente en ellos.13

El misterio pascual y la vida de la Iglesia

La Iglesia nace del costado abierto de Cristo y recibe de él los sacramentos y la vida que la constituyen. La liturgia hace presente el sacrificio pascual y edifica la comunión eclesial.

La Iglesia anuncia la muerte y la resurrección del Señor, celebra su presencia sacramental y vive de la gracia que brota de su Pascua. Toda su misión depende de Cristo muerto y resucitado. Por eso, la predicación, la catequesis, la oración, la caridad y la evangelización encuentran su fuente en el misterio pascual.

La Eucaristía reúne a la comunidad en torno al único sacrificio de Cristo. La Iglesia ofrece al Padre la víctima santa y aprende a ofrecer también su propia vida. La celebración conduce a los fieles desde la participación litúrgica hacia el testimonio cotidiano.

Dimensión espiritual y moral

El misterio pascual no afecta solamente al culto ni a los momentos explícitamente religiosos. Configura toda la existencia del cristiano.

Morir al pecado

El bautizado debe rechazar el pecado y luchar contra todo aquello que contradice el Evangelio. Esta renuncia no consiste en una simple mejora moral, sino en la participación en la muerte de Cristo. El cristiano abandona el egoísmo, la injusticia, la mentira, el odio y la indiferencia para vivir como hijo de Dios.

Vivir una vida nueva

La resurrección inaugura una forma nueva de vivir. La gracia pascual impulsa a practicar la caridad, buscar la verdad, perdonar, servir a los necesitados y trabajar por la justicia. La vida nueva no elimina las dificultades, pero permite afrontarlas con una esperanza que nace de Cristo.

Transformar el sufrimiento

La Pascua no ofrece una explicación superficial del sufrimiento. Cristo entra verdaderamente en el dolor humano y lo transforma desde dentro mediante el amor. Sus llagas gloriosas revelan que el sufrimiento no tiene por qué conducir a la desesperación y que toda herida humana puede convertirse en lugar de compasión, solidaridad y esperanza.11

Vivir en la esperanza

La resurrección garantiza que la muerte no constituye el destino definitivo del hombre. La esperanza cristiana mira hacia la resurrección de los muertos, la vida del mundo futuro y la comunión eterna con Dios.

Esta esperanza no permite desentenderse de la historia. Al contrario, impulsa a sanar las heridas de la sociedad, defender la dignidad humana y anunciar que el amor posee la última palabra.

El misterio pascual y la misión cristiana

Los apóstoles reciben del Resucitado la misión de anunciar el Evangelio a todos los pueblos. La Iglesia proclama que Cristo, mediante su muerte y resurrección, libera del poder de Satanás y de la muerte y conduce a los creyentes al Reino del Padre.12

La misión cristiana brota de la experiencia pascual. Los discípulos no transmiten una teoría religiosa, sino el anuncio de un acontecimiento: Jesucristo, muerto y resucitado, vive y comunica la salvación.

El testimonio cristiano incluye tres dimensiones:

  • Anuncio: proclamar a Cristo como Salvador y Señor.
  • Celebración: participar en la liturgia y los sacramentos.
  • Servicio: traducir la caridad pascual en obras concretas de misericordia y justicia.

La Iglesia anuncia una esperanza universal. Cristo murió y resucitó por todos, y su victoria ofrece una respuesta al anhelo humano de verdad, justicia, perdón y vida.11

María y los santos ante el misterio pascual

La Virgen María acompaña de manera singular el misterio pascual. Permanece unida a su Hijo durante la pasión y junto a la cruz. Su fe atraviesa el dolor y espera la victoria de Dios. La tradición cristiana contempla en María el modelo de la Iglesia que recibe la gracia de Cristo y permanece fiel incluso en la oscuridad.

Los santos manifiestan la eficacia de la redención en la vida concreta. Sus virtudes, sufrimientos, obras de misericordia y fidelidad muestran que la Pascua no pertenece únicamente al pasado, sino que transforma realmente a quienes viven unidos al Señor. La celebración de los santos proclama las maravillas que Dios realiza en ellos mediante los frutos de la redención.14

Síntesis teológica

El misterio pascual puede contemplarse como:

  • Misterio cristológico: porque tiene su centro en la persona y la obra de Jesucristo.
  • Misterio trinitario: porque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo actúan en la salvación.
  • Misterio soteriológico: porque libera del pecado y comunica la vida divina.
  • Misterio sacramental: porque llega a los hombres mediante el Bautismo, la Eucaristía y los demás sacramentos.
  • Misterio eclesial: porque edifica y vivifica a la Iglesia.
  • Misterio litúrgico: porque constituye el centro del culto cristiano.
  • Misterio escatológico: porque anticipa la resurrección final y la gloria eterna.
  • Misterio moral y espiritual: porque llama a morir al pecado y vivir en Cristo.

La muerte y la resurrección de Jesucristo forman una unidad inseparable. La cruz sin resurrección quedaría reducida a una tragedia; la resurrección sin cruz perdería el carácter concreto del amor entregado. En la Pascua, el amor obediente de Cristo atraviesa la muerte y alcanza la gloria.

Conclusión

El misterio pascual es la obra central de la salvación: Jesucristo muere por nuestros pecados, resucita para nuestra justificación, asciende gloriosamente al Padre y comunica el Espíritu Santo a la Iglesia. La Pascua revela el amor trinitario, vence el pecado y la muerte, inaugura la nueva creación y ofrece a la humanidad la participación en la vida divina.

La Iglesia vive de este misterio en cada Eucaristía, cada domingo, cada sacramento y cada acto de caridad. El cristiano participa en la Pascua mediante el Bautismo, renueva esa vida en la conversión y la Eucaristía, y la manifiesta mediante el amor. Por eso, la liturgia conduce continuamente a la Iglesia hacia la Pascua: en ella Cristo hace pasar al hombre de la muerte del pecado a la vida nueva de los hijos de Dios.

Citas y referencias

  1. Parte I - La profesión de fe. Capítulo II - Creo en Jesucristo, el único Hijo de Dios. La caída, promulgado por el Papa Benedicto XVI. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 112 (2005).
  2. Instituto Pontificio Litúrgico. Manual de Estudios Litúrgicos: La Eucaristía (Volumen V), 342 (1999).
  3. La fiesta de Pascua en nuestra vida cristiana, Papa Pablo VI. Audiencia General del 9 de abril de 1969, 1 (1969). 2
  4. Prefacio pascual I, Santa Sede. Misal Romano, 426 (2020).
  5. Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 6 de abril de 1988, 2 (1988).
  6. A. Aranda. El sacerdocio de Jesucristo en los ministros y en los fieles. Estudio teológico sobre la distinción esencial, 24 (1990). 2
  7. R. Blázquez. La Trinidad Santa y los Sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, 10 (1988). 2 3 4
  8. Reafirmación por el Concilio Vaticano II, Papa Pablo VI. Mysterium Fidei, 4 (1965). 2
  9. En la esperanza y en la alegría la realidad del misterio pascual, Papa Pablo VI. Audiencia General del 1 de abril de 1970, 1 (1970).
  10. A. Aranda. El sacerdocio de Jesucristo en los ministros y en los fieles. Estudio teológico sobre la distinción esencial, 27 (1990). 2 3
  11. Mensaje Urbi et Orbi - Pascua, Papa Benedicto XVI. Mensaje Urbi et Orbi - Pascua 2008, 1 (2008). 2 3
  12. Capítulo I - Principios generales para la restauración y promoción de la liturgia sagrada, Concilio Vaticano II. Sacrosanctum Concilium, 6 (1963). 2 3 4
  13. Papa Pablo VI. Mysterii Paschalis (14 de febrero de 1969) - Sobre el año litúrgico y el nuevo calendario universal romano, I (1969). 2
  14. P. López-González. La celebración del misterio cristiano, 15 (1993). 2
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