La mística en el cristianismo no es principalmente una cuestión de fenómenos extraordinarios, como visiones o revelaciones, aunque estos pueden estar asociados a ella. En su esencia, la mística cristiana es el florecimiento de la vida de gracia, una realidad sobrenatural que implica una unión íntima con Dios1. Esta unión se caracteriza por una experiencia profunda de Dios que trasciende el conocimiento intelectual ordinario1.
Mientras que el conocimiento de Dios en esta vida es imperfecto, como se describe en 1 Corintios 13:12 («Ahora vemos como por un espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como soy conocido»), el amor permite una conexión más profunda. El amor se dirige al objeto en sí mismo, y en esta vida, el amor puede ir más allá del conocimiento. Esta «superación» del conocimiento es el origen del conocimiento místico. La unión de amor genera una connaturalidad o afinidad que permite al alma sentir por instinto lo que pertenece a lo amado1. Así, los dones del Espíritu Santo operan en el alma a partir de esta connaturalidad del amor1.
Desde el punto de vista del objeto conocido, este conocimiento místico no difiere del conocimiento por la fe; sin embargo, introduce un nuevo modo de conocer que va más allá del modo humano ordinario. Es un conocimiento sin conceptos, supraconceptual, a menudo descrito como un «silencio pleno» o una «noche bendita», similar a la «Nube del No-Saber» de los místicos medievales. Santo Tomás de Aquino, siguiendo a Pseudo-Dionisio, utiliza la expresión pati divina («sufrir las cosas divinas») para describir esta experiencia de las profundidades de la fe, su belleza y su poder beatificante a través de la connaturalidad del amor1.
La mística cristiana es una relación con Dios que se profundiza gradualmente por su gracia, iluminando también las relaciones con los demás y con el universo2. No es un ejercicio de autocontemplación o auto-vaciamiento, sino un diálogo de amor que implica una actitud de conversión, un «vuelo del 'yo' al 'Tú' de Dios»2. Conduce a una entrega cada vez más completa a la voluntad de Dios y a una solidaridad genuina con los hermanos y hermanas2.
