La historia medieval permite distinguir dos acentos principales, aunque ambos aparecen con frecuencia unidos: la mística especulativa y la mística afectiva.
Mística especulativa
La mística especulativa busca comprender la relación entre Dios, la creación, la gracia, el conocimiento y la contemplación. Utiliza categorías filosóficas y teológicas para expresar cómo el entendimiento humano puede dirigirse hacia Dios sin pretender abarcar su esencia.
Esta corriente alcanzó una formulación notable en el Pseudo-Dionisio Areopagita, que diferenció el conocimiento racional de Dios -alcanzado mediante las criaturas y el orden del universo- de una forma superior de contemplación concedida por la gracia. Sus obras ejercieron una influencia decisiva sobre la teología medieval latina.
Los maestros de la escuela de San Víctor, especialmente Hugo y Ricardo, elaboraron una teología contemplativa ordenada y profunda. Hugo de San Víctor concedió gran importancia a la relación entre conocimiento, interioridad, meditación y amor. Ricardo desarrolló una explicación más sistemática de los grados de la contemplación.
Santo Tomás de Aquino integró la contemplación en una síntesis teológica que unía razón, fe, caridad y dones del Espíritu Santo. Para Tomás, la contemplación teológica adquirida permanece al alcance de la actividad humana iluminada por la fe; la contemplación mística, en cambio, depende principalmente de los dones divinos y de la generosidad de Dios.,
Mística afectiva
La mística afectiva pone el acento en el amor, el deseo de Dios, la unión de la voluntad humana con la voluntad divina y el gusto espiritual de la bondad de Dios. No desprecia la inteligencia, pero entiende que el conocimiento místico alcanza su plenitud cuando mueve a la persona a amar y a vivir conforme al Evangelio.
San Bernardo de Claraval describió la vida espiritual como un ascenso del amor hacia Dios. Su enseñanza influyó profundamente en la espiritualidad monástica medieval y vinculó la contemplación con la humildad, la conversión y la caridad.
La mística afectiva también encontró una expresión intensa en los escritos sobre el Cantar de los Cantares. La relación entre el alma y Cristo aparece allí bajo la imagen nupcial: el alma busca al Esposo, recibe su amor y progresa hacia una unión cada vez más profunda. Esta imagen no describe una experiencia sensual, sino la entrega espiritual de la persona a Dios.
Santo Tomás reconoció igualmente un conocimiento afectivo o experiencial de la bondad divina. La sabiduría concedida por el don del Espíritu Santo permite juzgar las realidades divinas desde una cierta connaturalidad, es decir, desde una afinidad interior producida por la caridad.,