La mística medieval produjo una plétora de santos y pensadores cuyas vidas y escritos enriquecieron la tradición católica.
San Bernardo de Claraval (1090-1153)
San Bernardo, abad de Claraval, es una figura central en la mística cisterciense. Sus obras, como «Sobre el Cantar de los Cantares» y «Sobre el amor de Dios», exploran la naturaleza del amor divino y la unión del alma con Cristo,. Bernardo describe cuatro grados de amor, culminando en el cuarto grado donde el hombre no se ama a sí mismo sino por Dios. Esta unión suprema, aunque brevemente experimentada en la vida mortal, se alcanza plenamente en la resurrección, cuando el alma se pierde en Dios, asimilándose a Él. Bernardo también reflexiona sobre la ascensión espiritual a través de la humildad y el amor, guiado por las Personas de la Santísima Trinidad,,. Él enfatiza la necesidad de meditar en la misericordia de Cristo en su muerte y su poder en la resurrección para que el corazón se llene de amor.
Las Místicas Femeninas
El período medieval fue notable por el surgimiento de influyentes místicas, cuyas experiencias y escritos a menudo desafiaron las convenciones de su tiempo.
Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179)
Conocida como la «Sibila del Rin», Santa Hildegarda fue una abadesa benedictina, visionaria, compositora y escritora. Desde su niñez, experimentó visiones que interpretó a la luz de Dios, aplicándolas a las circunstancias de la vida y animando a sus oyentes a vivir una vida cristiana coherente. Sus visiones, que comenzaron a los ocho años, la acompañaron toda su vida. Ella buscó la aprobación de figuras eclesiásticas importantes, como San Bernardo de Claraval y el Papa Eugenio III, para validar la autenticidad de sus experiencias.
Su obra más conocida, Scivias («Conoce los caminos»), resume en 35 visiones la historia de la salvación desde la creación hasta el fin de los tiempos,,. Hildegarda desarrolló el tema del matrimonio misterioso entre Dios y la humanidad, que se realiza en la Encarnación y en la Cruz, donde el Hijo de Dios se une a la Iglesia, su Esposa. También escribió sobre medicina, ciencias naturales y música, demostrando la versatilidad cultural de los monasterios femeninos de la época. Su vida se caracterizó por una extraordinaria armonía entre la doctrina y la vida cotidiana, practicando virtudes como la obediencia, la simplicidad, la caridad y la hospitalidad.
Santa Lutgarda (1182-1246)
Santa Lutgarda, una mística benedictina de los Países Bajos, es una figura «simpática y adorable» entre las místicas de los siglos XII y XIII. A los doce años, ingresó en un convento benedictino y, tras una aparición de Cristo mostrando sus heridas, renunció a las preocupaciones terrenales para amarlo solo a Él. Experimentaba la presencia de Dios tan vívidamente que hablaba con Cristo familiarmente. Durante sus éxtasis, a menudo era elevada del suelo o una luz extraña aparecía sobre su cabeza. Compartía místicamente los sufrimientos de Cristo en su Pasión, con gotas de sangre apareciendo en su frente y cabello. Su humildad y ardiente intercesión por los demás eran extraordinarias.
María de Oignies (1177-1213)
María de Oignies fue una de las primeras místicas de las que se registraron ejemplos detallados de dones psíquicos, como el conocimiento de eventos a distancia, premoniciones y la capacidad de discernir la historia de las reliquias. Su biógrafo, Santiago de Vitry, un testigo «fiable», documentó su profunda devoción a la Eucaristía, que era su «maná de vida» y su «gran deleite». Para ella, recibir el Cuerpo de Cristo era sinónimo de vivir, y la separación de Él a través de la falta de participación en el Sacramento era como morir. Experimentaba una dulzura sensible en su boca al recibir la Comunión, como el sabor de la miel.
Beata Ángela de Foligno (1248-1309)
La Beata Ángela de Foligno se cuenta entre las grandes místicas y contemplativas de la Edad Media. Su vida fue de profunda visión y pensamiento, contrastando con la acción de San Francisco, pero compartiendo el mismo principio subyacente de «amor gozoso». Ella veía todas las criaturas en Dios.
Santa Gertrudis la Grande (1256-1302)
Santa Gertrudis, una benedictina de Helfta, Sajonia, es conocida por sus «Revelaciones», que documentan sus experiencias místicas y su profunda devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Místicos del Siglo XIII y Posteriores
El siglo XIII y los siglos siguientes continuaron la tradición mística, a menudo en diálogo con la escolástica.
San Buenaventura (1221-1274)
San Buenaventura, Ministro General de los Frailes Menores, es autor de la obra «Itinerario de la mente a Dios», que describe el viaje del alma hacia la unión con lo divino a través de la contemplación.
Maestro Eckhart (1260-1327)
Maestro Eckhart, un dominico alemán, es una figura influyente en la mística renana. En su Opus Tripartitum, enseñó una deificación del hombre y una asimilación de la criatura en el Creador a través de la contemplación, aunque algunas de sus teorías fueron consideradas heterodoxas,. Su mística de la oscuridad y el «desconocimiento» tuvo un impacto considerable.
Santa Catalina de Siena (1347-1380)
Santa Catalina de Siena, terciaria dominica, es una de las grandes místicas de la Edad Media. Desde su infancia, tuvo visiones y practicó austeridades extremas. Experimentó los «esponsales espirituales» con Cristo, un evento central en su vida religiosa,. En esta visión, la Virgen María la presentó a Jesús, quien le dio un anillo, simbolizando su compromiso de fe y pureza hasta sus «nupcias eternas» en el Cielo. Este anillo era visible solo para ella.
Otro episodio místico significativo fue el intercambio de corazones con Jesús, donde el Señor le dio su propio corazón para que viviera con él para siempre. Esto reflejaba la frase de San Pablo: «Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). Catalina también fue favorecida con los estigmas, las heridas de Cristo en sus manos, pies y costado, así como la corona de espinas,. Su mística se centró en Cristo y su Iglesia, y su profunda unión con Él la impulsó a una acción incisiva y a un servicio a los pobres,. A pesar de sufrir un dolor físico terrible y vivir con poca comida, excepto la Eucaristía, siempre fue radiante y poseía una sabiduría práctica y una profunda visión espiritual. La consideración del Sacramento de Cristo era para ella una comunión con Él, y la contrición del corazón, un continuo bautismo del espíritu y de la sangre.