Moisés en el desierto de Madián
Moisés cuidaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Un día condujo el ganado más allá del desierto y llegó al Horeb, llamado también «la montaña de Dios». Allí contempló una zarza envuelta en llamas que, pese a arder, no quedaba consumida.1
El fenómeno despertó su atención. Moisés decidió acercarse para comprender por qué la zarza no se consumía. Entonces Dios lo llamó desde el fuego: «Moisés, Moisés». Él respondió: «Aquí estoy». La llamada divina comenzó con una iniciativa de Dios y exigió de Moisés una respuesta personal.1
La tierra santa
Dios ordenó a Moisés que no se acercara más y que se quitara las sandalias, porque el lugar que pisaba era santo. La santidad no procedía de la materia de la zarza ni de una cualidad mágica del terreno, sino de la presencia divina que allí se manifestaba.
Moisés comprendió que se encontraba ante el Dios de sus antepasados: el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Ante esta presencia, cubrió su rostro por temor a mirar directamente a Dios.1
La escena reúne dos actitudes fundamentales de la fe bíblica:
- La cercanía de Dios, que habla y llama por el nombre.
- El respeto reverente, porque Dios trasciende toda criatura y no puede reducirse a una imagen o a un objeto.

