El término «monaguillo» se deriva del latín monachus (monje), y originalmente se refería a los jóvenes que vivían en monasterios y servían en el altar. En un sentido más amplio y litúrgico, el papel del monaguillo está estrechamente relacionado con el acólito1. El acólito es un clérigo promovido al cuarto y más alto de los órdenes menores en la Iglesia Latina, justo después del subdiácono1. Los deberes principales del acólito incluían encender las velas del altar, llevarlas en procesión y durante el canto solemne del Evangelio, preparar el vino y el agua para el sacrificio de la Misa, y asistir a los ministros sagrados en la Misa y otros servicios públicos de la Iglesia1.
Históricamente, los monaguillos han sido designados como acólitos y realizan muchas de sus funciones1. El primer documento auténtico que menciona a los acólitos es una carta del Papa Cornelio al Obispo Fabio de Antioquía en el año 251, que enumera el clero romano1. A lo largo de los siglos, el papel ha evolucionado, pero la esencia del servicio en el altar ha permanecido constante.
