El monacato tiene sus raíces en Oriente, donde floreció desde los primeros siglos del cristianismo, especialmente en Egipto y Palestina1,2. Fenómenos que se asemejan al monacato existían en religiones no cristianas, pero el monacato cristiano se fundamenta específicamente en el bautismo y la crismación, por los cuales una persona es consagrada a Cristo y a la Trinidad2. Antes del surgimiento del monacato propiamente dicho a finales del siglo III y principios del IV, ya existían estilos de vida consagrada, como vírgenes, viudas y continentes, que vivían en sus propios hogares2.
El monacato primitivo adoptó dos formas principales:
Eremítica o anacorética: Una vida de total soledad, de la cual derivan las designaciones de «monje» (del griego monachos: «solitario») y «anacoreta» (del griego anachoritēs: «el que se separa del mundo»)1. San Antonio es considerado el origen de la vida eremítica en Egipto2.
Cenobítica: Una vida en comunidad bajo la dirección de una regla y un superior1. Fue San Pacomio (290-346) quien concibió la idea de reunir a los monjes en una comunidad (koinobion: «vida común») compartida en un solo edificio llamado monasterio (monastērion o monē)1. Los monjes estaban obligados a obedecer a un único hegumen (superior) y a observar un horario común de oración y trabajo manual1. Esta forma de vida monástica se extendió rápidamente por Egipto y Palestina, llegando a Occidente a mediados del siglo IV1.
La Regla de San Basilio (330-379) dio forma definitiva al monacato oriental, inspirando posteriormente la Regla de San Benito en Occidente1. En Oriente, la legislación de San Basilio se convirtió en la norma para los monjes4.

