El relato de la creación
El fundamento bíblico de la monogamia aparece particularmente en el segundo capítulo del Génesis. El relato presenta al hombre y a la mujer como una relación de reciprocidad: el ser humano no está destinado a vivir en aislamiento, sino a encontrar una ayuda adecuada, es decir, una persona que le corresponda. La unión matrimonial culmina en la afirmación: «los dos serán una sola carne» (Gn 2,24).
La expresión «una sola carne» no describe solo la unión sexual. Comprende una comunidad de vida en la que los esposos comparten su existencia, sus bienes, sus responsabilidades y su apertura a la fecundidad. La unidad corporal manifiesta una unidad personal más profunda.
El relato de la creación presenta así la pareja humana como una imagen de la vocación relacional del hombre. La persona alcanza su plenitud mediante el don de sí y la acogida del don del otro. Desde esta perspectiva, la monogamia no constituye una simple restricción de los deseos, sino la forma matrimonial que corresponde a la entrega interpersonal plena.
La situación del Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento narra episodios de poligamia entre algunos patriarcas y reyes. Las historias de Jacob, David y otros personajes reflejan las costumbres sociales del antiguo Oriente Próximo. La existencia de esos relatos no convierte la poligamia en el ideal definitivo de la revelación bíblica.
La Biblia contiene también testimonios positivos de amor exclusivo y fiel, como las historias de Isaac, Rut y Tobías, además de diversos textos sapienciales y poéticos. El Cantar de los Cantares celebra la singularidad de la amada y presenta el amor exclusivo como una realidad preciosa.
La revelación bíblica muestra, por tanto, un desarrollo progresivo. La cultura antigua toleraba o practicaba formas poligámicas, pero la imagen de la alianza entre Dios e Israel condujo hacia una comprensión cada vez más profunda de la fidelidad exclusiva. Los profetas compararon la idolatría con el adulterio porque la relación entre Dios y su pueblo reclamaba fidelidad a un único Señor.
Jesucristo y el retorno al principio
Jesús lleva la enseñanza matrimonial al designio originario del Creador. Ante la cuestión del divorcio, remite al Génesis y declara: «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mt 19,6). También explica que la concesión mosaica del repudio respondía a la dureza del corazón y no expresaba la voluntad inicial de Dios.
La enseñanza de Cristo une la monogamia y la indisolubilidad. El matrimonio querido por Dios no consiste en una relación provisional, revocable a voluntad o compatible con nuevas uniones mientras vive el primer cónyuge. La alianza matrimonial reclama una fidelidad definitiva.
Cristo no presenta la monogamia como una innovación jurídica, sino como la restauración y plenitud del designio creador. La Nueva Alianza permite comprender que la unidad entre los esposos participa de una alianza más profunda: la unión fiel de Cristo con la Iglesia.