El monoteísmo católico se fundamenta en la creencia en un único Dios, Creador y Señor de todo lo visible e invisible1. Esta unidad divina no es una mera afirmación filosófica, sino una verdad revelada que tiene profundas implicaciones para la vida de fe. La Iglesia ha sostenido firmemente que Dios es esencialmente distinto de todo lo demás y que no hay más que un solo Dios1.
La afirmación fundamental del monoteísmo se encuentra en el Antiguo Testamento, particularmente en el Shemá Israel: «Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor» (Dt 6,4)2,3. Esta declaración no solo proclama la singularidad de Dios, sino que también llama a una respuesta total de amor y obediencia: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5)3. En el Nuevo Testamento, Jesús mismo reitera esta profesión de fe3.
Dios como Amor y Ser
La teología católica profundiza en la naturaleza de este Dios único, describiéndolo no solo como el Ser supremo, sino también como Amor. Como reveló a Moisés, Dios es «Yo soy el que soy» (Ex 3,14), indicando su existencia auto-subsistente y eterna4. San Juan, por su parte, afirma que «Dios es amor» (1 Jn 4,8)2,4. Estos dos nombres, Ser y Amor, expresan de manera inefable la misma realidad divina de Aquel que ha querido darse a conocer a la humanidad4.
La fe en un solo Dios conlleva varias consecuencias para la vida del creyente:
Reconocimiento de la grandeza y majestad de Dios: Nos lleva a servir a Dios en primer lugar2.
Acción de gracias: Todo lo que somos y tenemos proviene de Él2.
Unidad y dignidad de todos los hombres: Cada persona está hecha a imagen y semejanza de Dios2.
Uso correcto de las cosas creadas: Debemos usar todo lo que no es Dios solo en la medida en que nos acerca a Él, y desapegarnos de ello si nos aleja2.
Confianza en Dios en toda circunstancia: Incluso en la adversidad, la fe nos invita a confiar plenamente en Él2.
