Montano y el surgimiento del movimiento
Montano, nacido alrededor del año 216 d.C. en Frigia, comenzó a predicar afirmando haber recibido mensajes del Espíritu Santo mediante visiones y éxtasis. Se unió a él Priscila y Maximila, dos mujeres que también declaraban ser portadoras de revelaciones divinas1. La comunidad que se formó alrededor de ellos se caracterizó por una rigidez moral y por la práctica de la confesión pública, lo que contrastaba con la flexibilidad litúrgica de la Iglesia establecida en aquel tiempo1.
La Iglesia del siglo III
El siglo III estuvo marcado por persecuciones intermitentes, fragmentación doctrinal y una creciente preocupación por la disciplina eclesial. En este clima, el Montanismo representó una respuesta radical que buscaba restaurar la «pureza original» del cristianismo mediante una renovación profética continua1. Líderes como Hipólito de Roma y el obispo de Antioquía se enfrentaron al movimiento, intentando preservar la unidad doctrinal frente a la amenaza de una autoridad profética paralela2.
