Mandatos mosaicos y la ceremonia de bendiciones y maldiciones
La primera mención significativa del Monte Garizim aparece en el libro del Deuteronomio, donde Moisés instruye al pueblo de Israel sobre la entrada en la Tierra Prometida. Dios promete prosperidad —lluvias abundantes, cosechas fértiles y victoria sobre los enemigos— si el pueblo obedece sus mandamientos, pero advierte de maldiciones como sequías y derrota si se aparta de Él. Moisés ordena que, al cruzar el Jordán, se coloquen piedras encaladas en el Monte Ebal con las palabras de la Ley, se construya un altar de piedras sin labrar y se proclamen las bendiciones desde el Gerizim y las maldiciones desde el Ebal.,
Las tribus de Simeón, Leví, Judá, Isacar, José y Benjamín debían situarse en el Gerizim para las bendiciones, mientras que Rubén, Gad, Asher, Zabulón, Dan y Neftalí lo harían en el Ebal para las maldiciones. Los levitas recitarían doce maldiciones específicas contra idolatría, deshonra a los padres, injusticias sociales, adulterio, homicidio y desobediencia a la Ley, respondiendo el pueblo con «¡Amén!». Esta ceremonia subraya la centralidad de la obediencia a la Alianza como condición para la bendición divina.
Cumplimiento en el libro de Josué
El libro de Josué relata el cumplimiento de estas instrucciones. Tras la conquista de Hai, Josué construyó el altar en el Ebal, ofreció holocaustos y sacrificios de comunión, y escribió la Ley en las piedras. Todo Israel —incluidos extranjeros, ancianos, oficiales y jueces— se dividió entre ambos montes, y Josué leyó todas las palabras de la Ley, bendiciones y maldiciones, sin omitir nada, ante la presencia del Arca de la Alianza.
Este acto no solo ratificó la Alianza mosaica, sino que simbolizó la posesión de la Tierra Prometida bajo la fidelidad a Dios. La tradición católica ve en ello una prefiguración de la liturgia eucarística, donde se renueva la Alianza mediante la Palabra y el sacrificio.
Otras referencias bíblicas
En el libro de los Jueces, Jotam, hijo de Gedeón, se sube al Gerizim para pronunciar una parábola de los árboles contra Abimelec, rey usurpador de Siquem. Esta narración denuncia la ambición humana y exalta la humildad, recordando la proximidad del monte a eventos de infidelidad israelita.