El nombre Hermón procede del hebreo y suele relacionarse con la idea de santidad, de lugar consagrado o apartado. La tradición lexicográfica antigua lo vincula también con el concepto semítico de ḥerem, es decir, aquello que queda separado para Dios o sometido a una consagración irrevocable. Esta raíz posee una doble dimensión: lo consagrado pertenece de manera exclusiva a la divinidad y, por ello mismo, queda fuera del uso ordinario.
La interpretación cristiana antigua desarrolló también un sentido moral y espiritual del término. San Agustín entendió Hermón como «su maldición» o «su anatema», relacionándolo tipológicamente con la victoria de Cristo sobre el pecado y el poder del demonio. Esta lectura no pretende sustituir la etimología histórica, sino expresar el valor teológico que la tradición cristiana atribuyó al nombre.1,2
Los pueblos vecinos emplearon otros nombres para el macizo. Los sidonios lo llamaron Sirión, mientras que los amorreos denominaron Sanir a su principal elevación. El nombre Sanir aparece también en Deuteronomio 3,9 y guarda relación con formas conocidas por las inscripciones cuneiformes. La tradición antigua relacionó estos nombres con la imagen de una coraza o armadura, quizá por el aspecto del relieve montañoso o por el brillo de sus cumbres nevadas.3
El nombre hebreo aparece a veces en plural, Hermonim, probablemente porque la cordillera presenta varias cumbres destacadas. En la tradición rabínica y targúmica recibió el sobrenombre de «monte de nieve», denominación coherente con la persistencia de la nieve en sus partes más elevadas. Su nombre árabe moderno, Yabal al-Shayj o «monte del jeque», procede de una tradición posterior vinculada a la presencia drusa en la región.3




